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Entre morralla y terminales: el nuevo reto del comercio

Alfredo Duplan | Más allá del éxito
Hace apenas unas décadas, el manejo del dinero en las tiendas era un proceso sencillo y hasta familiar. El dueño del negocio, generalmente una familia, recibía la mayoría de los ingresos en efectivo. Parte de ese dinero se destinaba a pagar los gastos inmediatos de la tienda: reabastecer mercancía, cubrir servicios básicos, pagar al personal si lo había. Otra parte se llevaba directo a la vida cotidiana: renta, comida, colegiaturas. Y lo que quedaba, si había suerte, se guardaba “debajo del colchón”, literal, como ahorro para emergencias. La trazabilidad no existía, ni se pensaba en comisiones bancarias o costos de traslado.
Hoy la historia es otra. El ecosistema de pagos se ha vuelto mucho más complejo. Ya no basta con aceptar billetes y monedas: las tiendas deben invertir en terminales para aceptar tarjetas de crédito, débito y hasta pagos con celular. La formalización del comercio y las reglas fiscales han obligado a que cada operación quede registrada electrónicamente. Y eso, en automático, obliga a los negocios a tener cuentas bancarias, procesos contables más sofisticados y controles mucho más estrictos que los de hace una generación.
Las grandes cadenas enfrentan todavía más presión. Manejar dinero en una operación con dos, cinco o veinte cajas registradoras significa garantizar que cada caja tenga cambio suficiente y que pueda recibir pagos en todas sus modalidades. Aquí empieza el dolor de cabeza: el manejo del efectivo por sí mismo ya es un proceso caro y riesgoso.
Primero, la seguridad. ¿Cuánto efectivo debe mantener una tienda para satisfacer a los clientes sin exponerse a robos o pérdidas? Un exceso de efectivo implica riesgo de asaltos externos o incluso internos. Además, está el reto de contar bien el dinero, cuadrar cajas y evitar errores humanos. Lo que antes era una rutina de confianza, ahora requiere protocolos, auditorías y sistemas.
A esto se suman los costos crecientes. En México, tener efectivo disponible ya no es gratis. Las tiendas pagan al banco por comprar monedas y billetes de baja denominación —la famosa “morralla”— para poder dar cambio. Y deben contratar servicios de traslado de valores para recoger el dinero con frecuencia. Estas compañías, que garantizan seguridad, cobran tarifas que en los últimos 5 a 10 años se han disparado al grado de que, en algunos casos, resultan más caras que las comisiones de las tarjetas bancarias. Ante esto, muchos retailers han reducido la frecuencia de recolección, lo que disminuye costos pero eleva riesgos.
Otro problema es la escasez de monedas y billetes pequeños. Hoy la mayoría de los precios termina en múltiplos de 50 centavos o redondeados al peso. Pero no siempre hay monedas de $0.50 disponibles, lo que ha obligado a las tiendas a implementar soluciones creativas. Una de las más visibles es la campaña de redondeo: en lugar de dar cambio exacto, se invita al cliente a donar esos centavos a una causa social. Otra estrategia es colocar en las cajas productos de bajo valor —como dulces o encendedores— que permiten “redondear la cuenta” sin necesidad de dar monedas escasas.
Para reducir los costos de traslado de efectivo, ha surgido otra iniciativa: permitir retiros en caja. Hoy muchas tiendas funcionan como cajeros automáticos improvisados. Si el cliente compra y pide retirar dinero con su tarjeta de débito, el establecimiento entrega efectivo y reduce la cantidad que debe enviar al banco. Una solución práctica para todos: el cliente obtiene comodidad y la tienda ahorra en costos logísticos.
Claro que los pagos electrónicos tampoco son gratis. Las comisiones que cobran las tarjetas de crédito y débito han estado bajo presión regulatoria durante años, pero aún representan un gasto considerable para los negocios. De ahí que muchas cadenas hayan desarrollado tarjetas propias, buscando reducir la dependencia de las redes tradicionales y retener más valor en la transacción.
Las tarjetas de regalo y los vales electrónicos son otra pieza de la estrategia. En vez de devolver dinero en efectivo por una devolución, las tiendas entregan un saldo en una tarjeta que asegura que el dinero se reinvierta dentro de la misma cadena. Esto elimina la necesidad de contar billetes y monedas para devoluciones pequeñas y, al mismo tiempo, fomenta la recompra.
Incluso en el consumo informal se nota la transformación. Los marchantes y vendedores de mercados, antes reacios a lo digital, ahora aceptan transferencias bancarias, pagos vía QR o hasta apps de billeteras digitales. No lo hacen por moda, sino porque cargar menos efectivo también es una forma de protegerse y de simplificar el manejo del dinero.
El futuro plantea preguntas interesantes. ¿Seguirán las monedas circulando en nuestros bolsillos y carteras como hasta ahora? ¿O llegará el momento en que, por costos y conveniencia, el efectivo pierda relevancia incluso en la tiendita de la esquina? Las tiendas están atrapadas entre dos presiones: por un lado, el cliente aún exige pagar en efectivo; por el otro, los costos de manejarlo se vuelven cada vez más altos. La incógnita está abierta: ¿qué incentivos tendrán los comercios para seguir recibiendo monedas y billetes si la ecuación económica deja de ser rentable?
Esto es Más allá del éxito. Nos leemos pronto!!

