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Opinión

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El fracking y las trampas de la burocracia

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Enrique Campos Suárez | La gran depresión

Enrique Campos Suárez

Cuando en abril de este año la presidenta Claudia Sheinbaum dio un giro pragmático para anunciar la apertura al fracking con capital privado, fue apenas un destello comparable con la ronda actual de dieciseisavos de final del Mundial. Una fase tan previa que, si bien emocionó a muchos, está lejos de llegar realmente a la fase final.

Fue muy positivo ver cómo la realidad económica hizo reaccionar al gobierno actual para despegarse, en el discurso, del dogmatismo del sexenio anterior y hablar de la posibilidad de implementar en México modelos de fracturación hidráulica para la extracción de gas de la mano de empresas privadas, ante el reconocimiento de que Petróleos Mexicanos no tiene ni la tecnología ni el capital para llevarlo a cabo.

Pero, así como ese anuncio despertó expectativas positivas para el sector privado y para muchos analistas que entienden los cuellos de botella que enfrenta México en el sector energético, así también desató la rabia de los más radicales del ala dura de la administración anterior, que se han dedicado a tratar de minar esa posibilidad.

El eufemismo fue llamarlo “fracking verde”, con el argumento de que hoy existen tecnologías más sustentables de explotación con esas técnicas de inyección; sin embargo, la trampa está en el llamado Comité de Científicos, que ya entregó su primer informe, el cual pinta a que los radicales opositores habrían anotado el primer gol.

Las razones para que México explore esas alternativas de sustracción de gas pasan por la verdadera soberanía energética que tanto pregona este gobierno. Este país consume diariamente 9,000 millones de pies cúbicos de gas natural, pero Pemex apenas produce 2,300 millones; esto implica que el restante 75% se tiene que importar de Texas, con las condiciones de mercado y las políticas que imponga Estados Unidos.

Y a pesar de esta urgencia, los científicos invocan una “segunda fase de investigación”, que no es otra cosa que un triunfo de los opositores quienes, además de ganar tiempo, pueden lograr que se impongan regulaciones tan estrictas y gravosas que terminen por asfixiar la rentabilidad de los proyectos, provocando que éstos opten por no llevarse a cabo con capitales privados.

La burocracia es un arma poderosa que tienen los radicales, a los que poco les importa el plan de la presidenta Sheinbaum de elevar la producción nacional a 5,800 millones de pies cúbicos diarios al cierre del sexenio. Es una cifra imposible de lograr por Pemex en solitario y en los yacimientos tradicionales. La realidad del sueño de la soberanía energética se sustenta en los 141.5 billones de pies cúbicos de gas que están atrapados bajo el suelo nacional.

La parálisis por análisis, que se pierde en los eufemismos ecológicos, puede cerrar esa ventana de oportunidad que no solo aleje a las inversiones privadas en la explotación de esos eventuales campos de gas, sino que definitivamente impida a otros capitales llegar a México; porque, además de certeza jurídica y seguridad pública, las empresas también buscan suficiencia energética.

Si la Presidenta ya se atrevió a dar ese giro pragmático, que no se deje derrotar por las trampas de los radicales. México no le va a ganar el campeonato energético a Texas, pero sí podría ser más competitivo.

El eufemismo fue llamarlo “fracking verde”; sin embargo, la trampa está en el llamado Comité de Científicos, que ya entregó su primer informe, el cual pinta a que los radicales opositores habrían anotado el primer gol.

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Enrique Campos Suárez

Su trayectoria profesional ha estado dedicada a diferentes medios. Actualmente es columnista del diario El Economista y conductor de noticieros en Televisa. Es titular del espacio noticioso de las 14 horas en Foro TV.

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