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Un día sin... extranjeros

Jonathan Ruiz Torre | Parteaguas
¿Por qué estoy siguiendo el nuevo plan de la presidenta Claudia Sheinbaum y de Marcelo Ebrard?
Imaginen la escena. Uno de ustedes se enferma y se planta frente al mostrador de la farmacia para pedir una cura. Hay un truco: solo hay medicinas de origen mexicano.
Más vale que les haya picado un alacrán, porque en esa farmacia acaso encontrarán Bioclón. Cajas y cajas del llamado Alacramyn, un antiveneno desarrollado en México por investigadores del Instituto de Biotecnología de la UNAM y del Instituto Bioclon.
Vaya, no verán ni Aspirina, de origen alemán, ni el inglés ibuprofeno para quitarse el dolor.
Incluso la píldora anticonceptiva tendrían que ir a buscarla a otro lado. Luis Ernesto Miramontes, reconocido como “el padre de la píldora”, es un orgullo nacional, pese a que trabajaba para Syntex, que la registró en Estados Unidos y era una filial de origen checo-estadounidense.
No tendríamos medicinas si los extranjeros no las inventaran. Ahora piensen de qué marca es su celular, su televisión y de dónde viene Netflix.
Se nos va un dineral en inventos de extranjeros. Ahora que pagamos espacio en la nube y el uso de ChatGPT, más. ¿No estamos haciendo algo mal?
Vaya, no es porque acá seamos incompetentes. Esta semana he estado en contacto con mexicanos que entienden muy bien de deep tech y me han confiado soluciones en las que trabajan: un virus que ataca células cancerígenas y algo similar, pero para detener ataques en el campo cibernético. No verán la luz si no consiguen dinero.
He visitado instalaciones del CINVESTAV, del CIATEJ y de otros centros que siempre nos preguntamos para qué sirven.
Tienen gente trabajando, pero seguimos sin medicamentos inventados en México.
Ojo. Los investigadores que están ahí representan el último frente de batalla entre México y una próxima pobreza generalizada. Me explico. Aquí abundan fábricas y tiendas que pagan mal, como en el gobierno. Los hoteles y los restaurantes, salvo por las propinas, no lo hacen mejor. A eso nos dedicamos. Son negocios tan viejos que compiten con precio y, por eso, bajan sus costos.
Con esos sueldos bajos pagamos productos cada vez más sofisticados. Nos vamos a empobrecer, a menos que vendamos cosas que inventemos para intercambiar.
En los productos nuevos no hay competencia y sus precios deben ser altos para pagar los insumos de investigación y los sueldos del mejor talento que los inventa.
¿Por qué no tenemos novedades hechas en casa?
Porque en México la ley sabotea a México. La lógica latinoamericana es que todos deben tener acceso a la ciencia y que, si alguien hace negocio con ésta, muchos no podrán pagar los nuevos productos que surjan.
Muy bien. ¿Pero qué deja fuera la ley? El dinero para inventar productos.
Si no hay para pagar las deudas de Pemex, menos para esto.
No hay experimento gratuito: ¿quién les pagó el frasco de Gerber, el algodón y el frijol en la primaria? Ahora pónganse serios y piensen.
Para hacer medicinas, ¿quién paga las micropipetas, las centrífugas, las básculas de precisión, los agitadores magnéticos, las incubadoras, la luz, el gas, para que el laboratorio funcione? ¿Quién, si el sistema solo se ocupa de los salarios?
Visité hace dos meses un laboratorio del MIT, en Cambridge, Massachusetts, en el que los investigadores reciben dinero y, por eso, están obligados a llevar sus productos al mercado. Ahora visito laboratorios mexicanos en los que los investigadores están amenazados con llevar productos al mercado porque reciben dinero del gobierno.
Por eso percibo útil ese proyecto llamado Impulsora de Innovación, que en buena medida busca emprendedores de biotecnología con una empresa formada, que necesiten entre siete y 20 millones de pesos como capital. Ojo: el Fondo de Fondos de Nafin, a cargo de Liliana Reyes, entra como socio al negocio. El dinero no se entrega a “fondo perdido”.
Los requisitos fomentan precisamente la creación de productos. Entre los postores habrá investigadores que tendrán que dejar su sueldo, pero contarán con capital para sus proyectos.
Todo lo empuja el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, aunque eso no avanza sin la venia presidencial. Ojo: la convocatoria vence en abril.
¿Con eso tendremos medicinas mexicanas? No sé. Pero les garantizo que sin planes así, no.

