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La cultura de la trampa

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OpiniónEl Economista

Ana Francis Mor

Hay dos conversaciones que están ocurriendo y que me parece que están profundamente entrelazadas que tienen que ver con la trampa y la mentira:

1) Lo que pasó con el examen de la UNAM, más allá del anecdotario, nos hace necesario dimensionar, que una parte de una generación, piensa que la trampa es una buena idea.

2) La discusión de la defensoría de las audiencias. No sé ustedes, pero a mí sí me gustaría que los medios estuvieran obligados a no decir mentiras.

Conversaciones aisladas que escucho entre dos jóvenes en la fila del café: mi amiga Ale le pagó diez mil pesos al profe para que la pasara y ya, fin. Pa´ la otra yo hago lo mismo, pinche examen me tiene jodido.

Una mamá feminista me dice con respecto a su hijo adolescente: yo no tengo susto de las drogas, creo que esas ya las libramos, pero pareciera que las mujeres educamos a los hijos de una forma, para que al llegar a estas edades (16, 17) el patriarcado se los trague y les enseñe que no hay nada más importante que ganar, a costa de lo que sea. Y ahí es donde se tambalea la brújula ética, porque el mandato de la masculinidad hegemónica no es de ser hombres decentes y para los chavos aún no es tan clara la decisión de por qué no apostarle a la trampa si con eso ganan lana, si con eso se vuelven “el más chingón”. Eso es lo que más me da terror, no poderle enseñar la diferencia, no poder enseñarle a ser un hombre decente.

La mentira y la trampa no pueden ser tomadas a la ligera.

Volviendo al tema de la defensoría de las audiencias, nada cuesta editorializar o decir: yo opino que zácatelas y trácatelas y ya. A lo mejor yo opino cosas horribles y súper pasadas de lanza, pero pues ya será la decisión de la gente seguirme, contestarme, leerme o mandarme a la goma, pero de eso a querer pasar opiniones como verdades en aras de un determinado interés es, por decir lo menos, mentiroso y tramposo.

Desde mi perspectiva y experiencia de vida, la mentira y la trampa solo generan dolor y, al final del día, al protagonista de las mentiras tampoco le va bien. A lo mejor me paso de inocente – o de novelista – con mi apreciación del karma y sus resultados justos. ¿Será?

Pienso mucho en el presidente AMLO, en cómo se le ve rete a gusto en su finca, con su guayabera y su huarache. Con su cachetito rozagante de que ya duerme y come a sus horas y lo más importante, con el amor y la admiración de millones.

Según lo que nos ha contado, escribe, lee, camina, piensa, come delicioso y ya, fin. No se necesita más. Seguro que tuvo que tomar cientos de decisiones difíciles de explicar, pero estoy cierta, como millones lo estamos, de que se amarró siempre al lado decente de la vida y tendrá hasta el fin de sus días el amor de millones y el sueño tranquilo. ¿Cuántos expresidentes podrán vivir hasta el fin de sus días con el prestigio al máximo y el amor de millones de personas?

Se me vienen varios nombres a la cabeza a los que sospecho que no los quiere ni la persona que duerme a su lado.

¿No va de eso la vida? ¿De regresar a casa todas las noches, estar en paz con el espejo y dormir en paz? ¿Cómo se enseña eso? ¿Cómo se enseña que la trampa y la mentira, al final del día, solo generan miseria interior y que debe ser muy difícil afrontar la miseria interior todos los días?

La trampa y la mentira no son cosas superfluas ni menores. No pensemos que lo son.

Aclaro, es mi opinión.

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