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Un cierto congelamiento espectral en el muralismo mexicano

Foto: Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, Diego Rivera.
Recorriendo el Centro Histórico observábamos cierto congelamiento en algunas imágenes de Diego Rivera —especialmente en "Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central" (1947)— que inevitablemente nos llevaba a relacionarlo con Rufino Tamayo y también con la fotografía espectral de Kati Horna en las imágenes que realizó en México durante los años cuarenta, donde los cuerpos parecen suspendidos entre la teatralidad y una especie de pesadilla cotidiana. Algo parecido ocurre con Remedios Varo en "Mujer saliendo del psicoanalista" (1960), donde la arquitectura se convierte en un escenario mental. O con Leonora Carrington en El mundo mágico de los mayas (1963), realizado para el Museo Nacional de Antropología, donde distintas temporalidades y símbolos conviven dentro de una misma lógica psíquica. Hay una teatralidad surrealista compartida; incluso algo que décadas más tarde aparecería en Botero, donde el cuerpo se convertía en volumen simbólico.

Remedios Varo en "Mujer saliendo del psicoanalista" (1960).
Esta forma de organización visual de la que hablo en el arte en el Centro Histórico de la Ciudad de México altera la percepción cuando uno entra en ella. Los pasillos de la Secretaría de Educación Pública, intervenidos por Diego Rivera entre 1923 y 1928, obligan literalmente a levantar la mirada y recorrer secuencias completas de trabajo, fiesta, violencia, ritual y modernidad. Algo semejante ocurre con David Alfaro Siqueiros en el mismo recinto, en "Patricios y patricidas" (1944-1945), donde el muro comienza a envolver al espectador. El desplazamiento físico se convierte entonces en lectura política. Siqueiros terminó ese mural a lo largo de décadas, interrumpido repetidamente por encarcelamientos y persecuciones políticas; esa historia merece otro texto aparte.
Quizá el muralismo mexicano fue una tecnología de percepción colectiva. Una de las últimas ocasiones en las que una sociedad creyó seriamente que el espacio público podía reorganizar la conciencia.
Durante años el movimiento se redujo a una narrativa demasiado simple: nacionalismo revolucionario, propaganda estatal, heroísmo posrevolucionario, arte público. Hay algo mucho más complejo ocurriendo aquí; algo más cercano a una reorganización del sistema nervioso colectivo.
Los muralistas trabajaban con circulación, arquitectura, altura, peso visual, movimiento corporal y una búsqueda espiritual muy particular. Entendían que una sociedad fracturada necesitaba reconstruir un relato histórico y una forma de mirar.
Porque entonces el mural se convierte en infraestructura psíquica. Deja de ser una ilustración decorativa.

Patricios y patricidas, David Alfaro Siqueiros.
Hoy la experiencia urbana funciona de otra manera. La ciudad contemporánea está hecha de estímulos aislados: pantallas individuales, anuncios, notificaciones, algoritmos y fragmentos de información compitiendo constantemente por segundos de atención. Byung-Chul Han ha descrito esta transformación como una crisis de la experiencia compartida: una sociedad donde la hiperconectividad produce, paradójicamente, aislamiento perceptivo. El ciudadano contemporáneo rara vez habita un mismo espacio simbólico junto a otros cuerpos; consume imágenes de manera solitaria, fragmentaria y acelerada.
Los muralistas creían que el espacio público podía educar. Que la arquitectura podía producir conciencia histórica. En un país donde gran parte de la población no sabía leer después de la Revolución, la imagen monumental funcionó como pedagogía visual y coreografía colectiva de la percepción. Si esto obedece también a una forma de propaganda política, eso merece desarrollarse en un tercer texto.
El siglo XX estuvo obsesionado con esa misma ambición. El cine soviético de Eisenstein intentó reorganizar emocionalmente a las masas mediante el montaje; la propaganda fascista entendió la arquitectura y la imagen como instrumentos de coreografía política; incluso Hollywood construyó durante décadas imaginarios colectivos capaces de producir identidad nacional a escala industrial. Más tarde la televisión se convirtió en la primera experiencia perceptiva verdaderamente sincronizada del planeta. Internet prometió algo parecido en sus primeros años, antes de fragmentarse en burbujas algorítmicas individuales.
México convirtió sus edificios públicos en una especie de red neuronal analógica.
Por eso algunos murales siguen resultando inquietantes. No pertenecen completamente al pasado.

