El pasado 12 de julio, René Juárez Cisneros, entonces presidente del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Revolucionario Institucional (PRI), acudió a Milenio Televisión para dar una entrevista a Azucena Uresti. Sostuvo que estaba trabajando para la renovación democrática de la dirigencia y que de momento no tenía pensado separarse del cargo. Cuatro días después, el lunes, renunció sorpresivamente. Cambió rápido de opinión, demostrando que como dice una cosa dice otra.

A su lugar llegó la también guerrerense Claudia Ruiz Massieu. Este relevo genera interesantes mensajes.

Desde el inicio de la administración del licenciado Enrique Peña Nieto, al interior del gabinete comenzó la fragorosa, tempranera e inconveniente batalla por la sucesión presidencial, escenificada por el grupo liderado por Miguel Ángel Osorio Chong y el bloque del poderoso Luis Videgaray, quienes durante más de cinco años han medido fuerzas.

Los hidalguenses cometieron errores graves como la verdad histórica del procurador Jesús Murillo Karam, o su celebre “ya me cansé”. Todo aderezado por el desgaste natural, derivado de las complejas responsabilidades que en su momento asumieron. Mientras tanto, sus adversarios ganaban posiciones. José Antonio Meade y Aurelio Nuño se convirtieron en alfiles letales; estaban consolidando el entramado hacia la anhelada candidatura.

La llegada de Enrique Ochoa Reza a la presidencia del CEN del PRI fue una jugada inexplicable, pero implicó un jaque. La designación de Osorio Chong como aspirante plurinominal al Senado, otro jaque; y el destape de un candidato ciudadano en la persona de Pepe Meade fue jaque, casi mate. Cuando todo se veía perdido para el exsecretario de Gobernación, quedó en evidencia el desastroso desempeño de Ochoa Reza. Surgió la necesidad de devolver el partido a los auténticos priistas. El arribo de René Juárez a la dirigencia nacional fue una jugada de recuperación. En la recta final de la campaña poco podía hacer el nuevo líder, pero lo destacable era que la dirigencia estaba nuevamente en manos de un priista y, además, osorista.

Después de la batalla del 1 de julio del 2018, el PRI quedó en ruinas; afrontó una odisea que le dejó elevados costos pero no le robó la vida.

Un partido muere cuando pierde el registro; cuando deja de aglutinar la simpatía ciudadana, pero aún hay muchos priistas. Así lo reflejan los más de 7 millones de personas que votaron por el tricolor y que lo van a mantener vivo.

La repentina renuncia de Juárez Cisneros tomó por sorpresa a muchos. Sin embargo, todo indica que prepara otra jugada; dispone el camino para asumir la coordinación de los diputados de su bancada en el Congreso de la Unión, donde ocupará una curul por la vía plurinominal. Le corresponderá, entre otras tareas, neutralizar cualquier aspiración de liderazgo de Enrique Ochoa Reza.

Mientras tanto, la casa quedó en las manos amigas de Claudia, quien, como se sabe, no simpatiza con su sucesor en la cancillería. Por este motivo promete un proceso de renovación sin sobresaltos para quien, sin duda, habrá de coordinar a los senadores priistas: Miguel Ángel Osorio Chong, quien trabaja para convertirse en el hombre fuerte del PRI.

Así las cosas, el reloj avanza y exige la jugada final. Quedan pocas fichas en el tablero. La partida fue avasalladora pero el jaque mate está por llegar y nuevos liderazgos emergerán, esta vez ajenos a la sombra presidencial. Pero deben recordar que el único camino viable será aquel que transite sobre la rectitud y la transparencia que el pueblo demanda.

ErnestoMillán

Columnista

Molinos de Viento

Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma del Estado de México. Maestro en Dirección y Gestión Pública Local por la Unión Iberoamericana de Municipalistas. Ha ocupado diferentes cargos en gobierno federal, estatal y municipal por más de 20 años. Es Secretario Técnico del Consejo Consultivo de la Federación Nacional de Municipios de México (Fenamm) y Consejero Jurídico de la Comisión Unidos Contra la Trata A.C.