El festival de Woodstock de 1999 trató de replicar el mito del evento original. Durante tres días miles de jóvenes se reunieron en un mismo sitio para una celebración de música, arte y cultura, que al igual que en 1969, congregó a toda una generación y algunos de los exponentes musicales más importantes de su momento. Los organizadores del festival querían explotar el sentimiento de la legendaria cumbre hippie y de su sucesora, que realizaron con moderado éxito en 1994.

Las fotografías de Jimi Hendrix interpretando el Star Spangled Banner en su Fender Stratocaster, Pete Townshend y The Who destruyendo sus instrumentos o Nine Inch Nails cubiertos de lodo son algunas de las imágenes que quedaron plasmadas en la memoria musical del imaginario de Woodstock y en 1999 iban por más. El documental de Michael Wadleigh y editado por dos estudiantes de cine —Martin Scorsese y Thelma Schoonmaker— fue el responsable de ayudar a construir esta grandiosa ilusión de que durante tres días la generación hippie se congregó en la granja de Max Yasgur en Saugerties, Nueva York, en una ceremonia con buena música, buena vibra, amor y paz.

Treinta años después, el sitio elegido fue una base aérea en Rome, Nueva York, y en medio de una oleada de calor, los miles de asistentes encontraron un evento que iba a ser transmitido en pago por evento, cobraba 4 dólares por una botellita de agua y parecía alejado del espíritu del festival original. Esta no era la granja lechera de Max Yasgur que había albergado a una juventud que tres décadas antes quería escapar de su propia realidad. Los asistentes de Woodstock ’99 era una generación que, aunque había crecido bajo una relativa estabilidad económica, cargaba con años de traumas escondidos y acumulados, mezclados con el fantasma de Columbine, el escándalo de Monica Lewinsky y la ansiedad del Y2K.

En Woodstock 99: Peace, Love & Rage, parte de la serie de HBO Max Music Box, producida por Bill Simmons, el documentalista Garret Price reconstruye cómo el festival sucumbió ante sus propias ambiciones. Las presentaciones de Rage Against the Machine, Korn, Limp Bizkit, DMX o los Red Hot Chili Peppers se convirtieron en la banda sonora de un fatídico evento donde colapsaron los servicios básicos, se acabó el agua, el calor y la deshidratación hicieron de las suyas y el lugar se convirtió en una zona de guerra. El festival que buscaba celebrar los ideales de una generación reveló los demonios de otra. En el recuento de daños se registraron incendios, heridos, múltiples agresiones sexuales y varios muertos. Todo menos amor y paz.

 

 

La debacle de Woodstock ’99 obligó a repensar los festivales de música y ayudó también a que florecieran espacios como el festival de Coachella —que debutó ese mismo año— y que poco a poco impulsaron su profesionalización. Aunque los organizadores del festival trataron en 2019 de revivir la magia una vez más, el festival de Woodstock no pudo olvidarse del fantasma del ’99.

Woodstock ’99 mostró las contradicciones de una generación aburrida, sobresexualizada y explotada por la avaricia de los baby boomers. En el álbum que quedó registrado, las presentaciones de nü metal de Korn, Limp Bizkit y Kid Rock se entremezclan con los beats de The Chemical Brothers, el pop de Dave Matthews Band, el revival rockabilly de The Brian Setzer Orchestra y hasta Bruce Hornsby. A dos décadas de distancia es un retrato sobre el momento donde la generación alternativa de los años noventa se perdió en el viaje y se alejó del idealismo que había llegado con la irrupción de Nirvana en la cultura popular.

Todos los festivales de música le deben algo a Woodstock y todas las experiencias catastróficas que hemos vivido en un festival de música las compararemos con Woodstock ’99 aunque —al igual que en el festival original— no estuviéramos ahí.

antonio.becerril@eleconomista.mx

Antonio Becerril

Coordinador de operaciones de El Economista en línea

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