Defendemos la libertad de elegir. Las imposiciones generalmente no llevan a un resultado óptimo. ¿Quién no ha hecho algo a escondidas o intercambiado los regalos cuando nos gustaba más el que le había tocado a otro? No hubiéramos hecho un segundo intercambio de regalos si la primera asignación hubiese sido de nuestro agrado.

Cuando hay información completa, los individuos tienen capacidad de comprender todas las implicaciones, el consumo es sobre bienes privados y la utilidad individual depende únicamente de su propio consumo, el resultado de las decisiones individuales nos lleva a una asignación eficiente en el sentido de Pareto. Es decir, bajo estos supuestos, el resultado de las decisiones es tal que nadie quisiese cambiar lo que le tocó. Si cambiaran, alguien saldría perdiendo. No encontraríamos otra manera de repartir los recursos tal que la sociedad en general estuviera mejor y nadie saldría afectado. Este resultado, lo conocemos como “el primer teorema del bienestar”. Es la gran promesa del mercado al mundo. Ojo, no estoy diciendo que el resultado es equitativo, igualitario o donde todos estuviéramos al borde del éxtasis de la felicidad. Lo que es cierto, es que, tendríamos al menos la certeza que nadie tendría el incentivo de hacer un intercambio en lo “oscurito”. Las personas pagarían y consumirían aquello que estuviese en sus posibilidades con el objetivo de maximizar su beneficio.

La salud pública no es un tema de consumo privado. Una población vacunada genera externalidades positivas. Es decir, el que la gente a mi alrededor esté vacunada tiene un impacto en mi propio bienestar. Aunque no haya sido mi decisión y no haya tenido que asumir el costo de la vacuna de mi vecino, el que él o ella se haya protegido, aumenta mi propia salud. Entre menor gente contagiada de una enfermedad exista a mi alrededor, menor será la probabilidad de contagio que yo tenga, aún si no esté vacunada. Por lo tanto, mi utilidad no depende únicamente de mi propio consumo, como lo asume el primer teorema del bienestar. Las decisiones privadas ya no garantizan un resultado óptimo.

Ante la existencia de externalidades positivas, los incentivos de los agentes se ven modificados. Pongamos un ejemplo sencillo: si una calle se pavimenta, todos estaríamos beneficiados si transitamos por ahí. ¿Si la decisión del pavimento fuese individual y cada quién libremente pagara porque eso sucediese, cuál creen que sería el resultado? Si alguien valorase muchísimo el tener la calle pavimentada y paga por ella, quien no tuviera tanta disposición a pagar, no lo haría. Aun así, disfrutaría que la calle estuviese bien. Es decir, ante este tipo de problemas colectivos, las decisiones individuales nos llevan a que paguen quienes tienen mayor valoración sobre el bien y que existan a los llamados free riders, quienes disfrutan los beneficios sin haber asumido costo alguno.

Las externalidades son uno de los ejemplos más claros de una falla de mercado (una violación a los supuestos del primer teorema del bienestar). Esto da cabida a las acciones gubernamentales a través de políticas públicas. Si las decisiones individuales no llevarán a un resultado donde se maximice el bienestar social, entonces podemos darle una “ayudadita” a nuestras acciones y tener un mejor resultado social.

¿Quién no ha escuchado la frase “mejor me espero a que los demás se vacunen para ver qué pasa”? Si todos aplicáramos el mismo razonamiento, nadie se vacunaría y seguiríamos esperando un milagro para que no hubiera enfermedad alguna. Pueden existir distintos motivos que generen la falla de mercado en el sector de salud pública. Sea por una valoración baja sobre la salud, falta de información o comprensión sobre las repercusiones de nuestras propias decisiones, el Estado debe tomar medidas ante las decisiones de salud pública procurando el bienestar social e involucrando a los esfuerzos privados.

*La autora es directora asociada del Departamento de Economía del ITESM.

@GrisAyllon