Recientemente un buen amigo me obsequió el libro La sociedad dolida, de Juan Ramón de la Fuente. Una vez que comencé a leerlo fui descubriendo un diagnóstico magistral, elaborado por una mente brillante, cuyos conocimientos sobre la política mexicana le permiten expresar con gran claridad diversas causas de los males que aquejan a nuestra patria.

El doctor de la Fuente sostiene que “las democracias liberales occidentales, al desprenderse de sus referentes ideológicos, se desentendieron de sectores de la población que fueron quedando excluidos de los beneficios del desarrollo y que hicieron crisis con la globalización”. Esta realidad, sin duda, ha ocasionado dolor a nuestra sociedad.

Es verdad que la economía mexicana se ha sostenido estoicamente durante los últimos 20 años. Con esfuerzos loables, los gobiernos federales en turno contuvieron fenómenos que alguna ocasión fueron trágicos para nuestra economía, como la devaluación y la inflación. La inmersión de México en los mercados globales fue el camino que permitió la recomposición financiera, pero los resultados quedaron cortos. El dinero está en manos de unos cuantos y la pobreza ha crecido.

El mayor beneficiado con las grandes asimetrías sociales es Andrés Manuel López Obrador, cuya virtud ha sido aprovechar las circunstancias, convirtiéndose en el catalizador del enojo y la frustración de aquellos que, como dice el doctor de la Fuente, “comparten realidades difíciles de aceptar: educación de menor calidad, acceso limitado a los servicios de salud, mayor desempleo o trabajos mal remunerados, pensiones paupérrimas, etcétera”, en quienes se fue gestando “una gran amargura, un profundo resentimiento, con frecuencia justificado”.

Las circunstancias han jugado a favor del candidato de Juntos Haremos Historia y están a punto de llevarlo a la Presidencia de la República, no porque sea el mejor, sino porque supo sostenerse en la jugada, sabedor de que se acercaba el momento en que las cartas lo favorecieran. Sin embargo, la personalidad de López Obrador, aún contenida, siempre busca emerger (como Hulk en David Banner) y hace unas semanas le generó conflicto con los grandes empresarios del país, para quienes acuñó un nuevo concepto: la minoría rapaz. Después de muchos dimes y diretes, se reunieron y fumaron la pipa de la paz. A pesar de ello, se especula que la preferencia del Consejo Mexicano de Negocios y de las grandes cúpulas empresariales está con Ricardo Anaya.

Los dueños del dinero en México enfrentan con preocupación la posible llegada de la izquierda radical a la Presidencia de la República, pero ellos mismos generaron esta realidad, pues permanecieron expectantes ante la pobreza y hoy avizoran las consecuencias.

Ahora, con quien gane las próximas elecciones, si pueden, deberían celebrar un pacto para impulsar “nuevos programas que activen mecanismos sociales de inclusión, eficaces y transparentes”, que desde luego van más allá del reparto indiscriminado de canastas alimentarias y de recursos; acciones predilectas de todos los órdenes de gobierno, que no constituyen ni siquiera un paliativo contra la pobreza, pero sí un gran despilfarro.

Los grandes magnates mexicanos pueden apoyar a las clases desprotegidas, aportar un grano de arena para combatir con eficacia la miseria. Pueden, claro que pueden.

Lo mismo debería exigirse a las grandes mineras transnacionales que están extrayendo miles de toneladas de minerales de los yacimientos nacionales.

@Ernesto_Millan

Ernesto Millán

Columnista

Molinos de Viento

Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma del Estado de México. Maestro en Dirección y Gestión Pública Local por la Unión Iberoamericana de Municipalistas. Ha ocupado diferentes cargos en gobierno federal, estatal y municipal por más de 20 años. Es Secretario Técnico del Consejo Consultivo de la Federación Nacional de Municipios de México (Fenamm) y Consejero Jurídico de la Comisión Unidos Contra la Trata A.C.