Trump construyó su comunicación social a través de la telerrealidad porque comprendió que las audiencias reaccionan a través de escándalos.

Aficionado a la lucha libre, Trump se jugó la elección presidencial de 2016 a través de un personaje rudo que estaba dispuesto a agredir a la mitad de la población con tal de que, la rabia, empujara a la otra mitad a votar por él. Las elecciones presidenciales fueron convertidas por Trump en una arena con él sobre el cuadrilátero aplicando llaves a Hillary Clinton. La rabia la incubó él a los suyos y ganó.

Al llegar a la Casa Blanca entendió que con Twitter podría ubicar temas de su agenda en la opinión pública sorteando a la prensa tipo The New York Times y The Washington Post. La prensa profesional contempla argumentos deontológicos donde no caben las parodias de Trump. “Democracy dies in darkness”, recuerda todos los días The Washington Post en la portada de su edición impresa.

La estrategia de la lucha libre es insostenible durante cuatro años, pero el presidente la ha venido aplicando a lo largo de su administración, tal vez, por dos motivos: fue exitosa porque le permitió despachar desde el Despacho Oval y, en segundo término, su personalidad y sus nulos conocimientos políticos le obligaron a continuar interpretando el personaje rudo porque, de lo contrario, pudo haberse quedado desnudo de argumentos convincentes sobre su liderazgo que todo líder político necesita durante el tránsito de su gobierno.

El problema de haber construido su imagen a partir del diseño de un mapa habitado por “enemigos”, es el posible daño al soft power (poder blando) de la estructura que soporta la comunicación presidencial. Colin Kaepernick, jugador de los 49ers de San Francisco no se imaginó que, cuatro años después de que colocara una de sus rodillas sobre el suelo durante la ceremonia del himno nacional durante uno de sus partidos para protestar contra el racismo, la semiótica de su protesta no sólo permanecería vigente, sino que su acción ayudaría a catapultar un movimiento social en contra del racismo del presidente Trump.

En el regreso de la NBA, durante los partidos Utah-Nueva Orleans y Lakers-Clippers, los jugadores escucharon el himno colocando una de sus rodillas sobre el suelo y con sus brazos entrelazados a los de sus compañeros que tenían junto a ellos. “Espero que hayamos enorgullecido a Kaep”, dijo LeBron James tras el partido de su equipo contra los Clippers. “Quiero hablar siempre sobre la injusticia y el racismo. Kaep se ponía de pie cuando los tiempos no eran cómodos, cuando la gente no entendía y se negaba a escuchar lo que decía. Cuando explicaba por qué se arrodillaba, entendías que no tenía absolutamente nada que ver con la bandera, ni con los soldados, los hombres y mujeres que hacen libre a este país”.

Las externalidades positivas que genera el deporte profesional en Estados Unidos difícilmente las aportan otras industrias más allá del cine y las series de televisión.

Los millones de adolescentes que siguen los partidos de la NFL y NBA comprenden mucho mejor el riesgo que representa tener a un presidente racista.

Algo más. Trump ha amenazado con despojar a 100 millones de jóvenes de sus vínculos con la red social TikTok, al menos fue lo que dijo el viernes pasado y fue confirmado ayer 2 de agosto, por Steven Mnuchin y Mike Pompeo.

En el patrón del comportamiento del presidente rudo, cada día se debe de propinar un golpe más fuerte que el anterior para generar credibilidad y estabilidad en su imagen.

La moda del espionaje impuesto por Facebook, Amazon, Twitter y Google (programa Prism ejecutado por la NSA y revelado por Snowden), ha generado un entorno perfecto para llegar a conclusiones anticipadas: TikTok “no puede permanecer en el formato actual porque corre el riesgo de enviar a China información sobre 100 millones de estadounidenses” (Steven Mnuchin).

No se puede destruir todo el tiempo, Trump lo hace.

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Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.