Un país profundamente dividido, cada día más polarizado. Un sistema de partidos políticos alejados de los ciudadanos, con una credibilidad y legitimidad a la baja por negarse a reinventarse, por ser presos de su ambición desmedida, por su voracidad y abusos constantes, por mentir sistemáticamente y traicionar sus propios ideales.

Un país profundamente rico, pero desgraciadamente empobrecido por la ambición de su clase política, porque quienes han podido erradicar la pobreza han preferido perpetuarla para mantener clientelas electorales que garanticen el voto duro y así crear dependencia de programas sociales; siempre a merced del capricho de los gobernantes en turno.

Un país harto de la corrupción con miles, incluso millones de ciudadanos quejándose, pero muchas veces indiferentes, desinteresados en entrar, participar activamente, incidir y transformar desde la política. ¿Es el México del 2018? Sin duda, pero también es la Venezuela de 1998.

Hugo Chávez llegó al poder por la vía democrática aprovechándose de toda esta frustración, enojo y coraje, ofreciendo una alternativa distinta, prometiendo erradicar la pobreza, combatir la corrupción, utilizando a empresarios, a los medios de comunicación y a todo tipo de grupos a los que después desconoció, traicionó, persiguió y lastimó.

Ante el temor que generaba su admiración por el socialismo, sus seguidores lo defendían diciendo una y otra vez: “Chávez no es Fidel y Venezuela no es Cuba”. Aquel caudillo que prometió respetar las reglas del juego, las fue cambiando completamente a su favor para eliminar cualquier contrapeso, erradicar cualquier opositor y perpetuarse en el poder, justificando que todo lo hacía por el pueblo y para el pueblo.

Los venezolanos decían una y otra vez “estamos tan mal, que ya no podemos estar peor”. Veinte años después, habiendo perdido todas las libertades, la promesa de cambio se cumplió, pero a manera de pesadilla. El combate a la pobreza y la corrupción, dos de las banderas más grandes de Chávez, no sólo no sucedió sino que se multiplicaron.

Hace unos días escuchaba en México a José Manuel Olivares, diputado de la Asamblea Nacional en Venezuela: “Ningún país merece sufrir lo que los venezolanos hemos sufrido. Nosotros ya vimos esta película, no la repliquen. Nos tardamos muchos años en reaccionar”. ¿Aprenderemos del dolor ajeno?

Los mexicanos tenemos unos cuantos días para abrir los ojos y darnos cuenta de que, cualquier parecido de esta historia con nuestra realidad, no sólo es mera sincronía, también es la última señal de alerta antes de que caigamos en una trampa de la que nos podemos arrepentir toda la vida. Ojo, siempre se puede estar mucho peor. Aún estamos a tiempo de evitarlo.

@armando_regil

ArmandoRegil Velasco

Licenciado en Negocios Internacionales

Ágora 2.0

Licenciado en Negocios Internacionales graduado con mención honorífica por el Tec de Monterrey. Estudió Economía y Políticas Públicas en Georgetown University. Cuenta con diversos diplomados de institutos como: la University of International Business and Economics de Beijing.