¿Es suficiente para ser feliz el vivir en el país con la economía más poderosa del mundo? ¿Alcanza tener la bandera de la nación que ocupa el segundo lugar en el medallero olímpico? No lo sabemos, pero la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) lo quiere conocer.

¿Por qué quiere Ben Bernanke saber qué tan felices son los ciudadanos de su país? Básicamente, por un mero interés económico y de eficiencia en las políticas monetarias.

Ante la realidad de que se acaban las herramientas monetarias para poder hacer algo adicional por el bienestar de su país, tal parece que llegó la hora de que la Fed se ponga creativa.

Más que buscar convertirse en predicador, el titular del banco central estadounidense quiere saber algo más que los indicadores económicos. Porque puede crecer el consumo, aumentar el ingreso o bien, disminuir el desempleo, pero si los agentes económicos no tienen ánimo, que es algo más que la confianza del consumidor o el inversionista, la economía se mantiene estática.

Los datos son fríos y, a veces, alejados del sentimiento de las personas. Por eso crece entre muchos economistas la tendencia a medir cómo la economía afecta el estado de ánimo de los sujetos y su interacción con familiares, compañeros, ciudadanos y amigos.

La oposición de los más puristas a tomar en cuenta estos datos tiene que ver con la subjetividad de los sentimientos humanos que pueden conformar eso llamado felicidad. Su medición no puede ser simplemente un número.

El Producto Interno Bruto o el Índice Nacional de Precios al Consumidor no enfrentan el estado de ánimo del precio de la cebolla o el buen humor del sector acuícola. Simplemente, acumulan resultados y los procesan.

La Fed tendrá un enorme reto para medir la felicidad de los estadounidenses, puesto que se trata de un país tan heterogéneo que podría arrojar resultados verdaderamente incompatibles.

No será lo mismo ver qué tan felices son los latinos de California con sus cargas culturales y religiosas, que los hawaianos o los esquimales de Alaska. Además, un neoyorquino tiene parámetros diferentes a los de un campesino de Wyoming.

El origen de la medición sistemática de la felicidad está a principios de los años 70 en el reino de Bután, donde el Índice Nacional de Felicidad no sustituyó el PIB, pero permitió tener una imagen más clara de los que verdaderamente cuentan: los individuos.

Medir la felicidad, al final, toma en cuenta aspectos que se puedan medir. No se trata de ver el tamaño de la sonrisa o contar las patas de gallo que produce una carcajada, sino de aquellos aspectos que inciden directamente en el bienestar.

Es una condición indispensable para llevar a cabo una tarea de esta magnitud que se trate de un país democrático, de lo contrario, muchos indicadores son simplemente inexistentes.

O bien, en un régimen antidemocrático, los resultados serían simplemente los que digan aquellos que detentan el poder.

China no podría tener un índice confiable de felicidad, lo que diga Venezuela al respecto es totalmente intrascendente. Por eso el origen de esto es un país altamente democrático, como el reino de Bután.

Este país aportó una fórmula de nueve ingredientes que, de hecho, permitió conformar el Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas.

Así que Ben Bernanke tiene mucho trabajo por delante para poder diseñar los indicadores que le permitan, realmente, tener resultados prácticos que permitan arrojar un índice de felicidad estadounidense.

En un caso como el estadounidense, deberán ser tomados en cuenta factores muy característicos de esa sociedad como la injerencia de los medios de comunicación, en especial, la televisión. Porque éste es un componente indispensable de la cultura de ese país.

Deben vincular la obesidad con la felicidad o infelicidad, como un fenómeno que rebasa los límites de la salud y se convierte en una participante social.

En fin, hasta el miedo que puedan tener al terrorismo debería ser considerado en una medición tan titánica como la que pretende Bernanke para su país.

Ojalá resulte un éxito el plan de la Reserva Federal de medir estos indicadores que van más allá de la macroeconomía. Esto, al menos, podría dar un carácter más sensible a los tomadores de decisiones.

El simple hecho de considerar estas mediciones implica un cambio en la ortodoxia del banco central.

ecampos@eleconomista.com.mx