El difícil contexto internacional mantuvo a raya el crecimiento económico de México. Desde inicios del 2016 los pronósticos globales auguraron un crecimiento moderado y conforme avanzó el año se ajustaron a la baja. La OCDE inició el 2016 con una previsión de crecimiento mundial de 3%, para concluir el año en una tasa de 2.9%; el FMI inició con 3.4% y finalizó en 3.1%; el Banco Mundial calculaba una expansión de 2.9% en enero y la redujo hasta 2.4 por ciento.

Este año se ha caracterizado por diversos sucesos, uno de ellos fue una marcada caída en los precios del petróleo como consecuencia de la sobreoferta de crudo a nivel mundial; otro fue el referéndum en el que se aprobó la salida de Reino Unido de la Unión Europea, un hecho que causó gran nerviosismo en los mercados internacionales, además de prolongados episodios de volatilidad.

No se puede dejar de mencionar la elección presidencial en Estados Unidos con el sorprendente triunfo del republicano Donald Trump, que con su mensaje proteccionista y antiinmigrantes disparó la tensión en los mercados financieros, aunado a los ajustes en la política monetaria de ese país; también la caída de la moneda china y el ralentizado crecimiento de su economía, que presionó a la baja los precios de las materias primas, especialmente el acero; en Latinoamérica, el decrecimiento del PIB brasileño y el inicio del juicio político contra la mandataria Dilma Rousseff, sólo por mencionar algunos.

En medio de ese contexto internacional, la economía mexicana pudo haber sufrido más que una neumonía , un cáncer de pulmón. Los efectos fueron inmediatos, una marcada depreciación del peso que ha afectado fuertemente al mercado importador y a la industria de medicamentos; así como los recientes incrementos a la tasa de interés, que eventualmente pueden afectar el crédito. Sin embargo, y en comparación con otros países, particularmente los petrolizados, mantuvimos una bronquitis controlada.

Eso sí, con este cuadro, es imperativo que en el 2017 se mantenga a toda costa la estabilidad macroeconómica, sólo así nuestros fundamentos podrán dar fortaleza y certidumbre ante cualquier escenario. Hasta el momento, las medidas implementadas por el gobierno federal, aunque criticadas por algunos, han mantenido estables los síntomas, y hemos salido bien librados del entorno adverso.

Seguramente será un año que nuevamente ponga a prueba a los mexicanos, pero necesitamos enfocar todo el talento nacional hacia una exitosa negociación del acuerdo comercial con Estados Unidos, en la implementación de las reformas estructurales que estoy convencida pueden dar ya los primeros frutos el año entrante y en un nuevo equipo económico que explore nuevos mercados comerciales. Además, los gobiernos, autoridades, partidos políticos, instituciones y organizaciones de la sociedad deberán enfocar sus esfuerzos en el enorme reto de recuperar la confianza y crear condiciones económicas incluyentes, porque la sociedad merece autoridades e instituciones transparentes y confiables, y también merece mejores niveles de bienestar.

Recalco, a pesar de las circunstancias nuestra economía crece, atrae inversión, genera empleos y se apoya en finanzas públicas sanas; realmente somos un México transformador, con mejores condiciones gracias a las medidas tomadas; y es ahí donde vislumbro en este nuevo año una oportunidad de crecer, de reinventarnos, de ser mejores profesionistas, mejores ciudadanos y sobre todo de avanzar hacia el México que sí es posible. No quisiera concluir, sin desearles a Jorge Nacer, a Luis Miguel González, a los colaboradores e integrantes de El Economista, y por supuesto a todos mis lectores que los anhelos más profundos de su corazón sean renovados en este año que comienza y que Dios los colme de bendiciones abundantes. ¡Hasta nuestro próximo encuentro!

Twitter: @PerezSoraya