En diciembre pasado, el primer ministro iraquí, Haider al Abadi, anunció la victoria del ejército iraquí contra el Estado Islámico (ISIS) al confirmar que el grupo terrorista no controlaba ningún territorio dentro de Irak. Paralelamente, el presidente ruso, Vladimir Putin, declaró en una visita sorpresa a Siria, el fin del Estado Islámico en ese país.

La victoria contra ISIS llega tres años después de que el grupo terrorista tomara la segunda ciudad de Irak, Mosul, y comenzara a expandirse hacia el interior de Siria aprovechando el vacío de poder generado por la guerra civil.

En su mayor apogeo, el Estado Islámico llegó a controlar un tercio de Siria e Irak. Pasó de ser un grupo terrorista escindido de Al Qaeda en Irak, a ser considerado un grupo insurgente con tácticas terroristas que administraba un territorio con una población aproximada de 6 millones de habitantes y una superficie más grande que Inglaterra.

En su proto-Estado, ISIS cobró impuestos, impuso un código de conducta, registró nacimientos, dirigió escuelas e incluso administró campos de petróleo en Siria e Irak, mismos que fueron clave para financiar sus operaciones. Al mismo tiempo, fue el primer grupo terrorista que utilizó de forma masiva las redes sociales como aparato propagandístico para reclutar combatientes extranjeros, inspirar ataques terroristas, magnificar su capacidad bélica y culto a la violencia.

De acuerdo con varios expertos, la derrota del Estado Islámico y la desaparición de su proto-estado en Siria e Irak, no significará el fin de ISIS como movimiento ni mucho menos el fin de los ataques terroristas perpetrados en su nombre. Los tres siguientes hechos indican que el extremismo violento de ISIS será difícil de erradicar.

Primero, el auge del Estado Islámico en Irak y los intensos enfrentamientos entre grupos armados obligaron a 2.1 millones de iraquíes a abandonar sus hogares, sumados a la tragedia humanitaria en Siria que ha desplazado a más de 6.1 millones de personas.

Segundo, tras la derrota militar de ISIS y el repliegue de sus combatientes a zonas desérticas u otros estados, queda en duda el destino que las autoridades darán a los miles de extranjeros que participaron en los esfuerzos de guerra y que para muchos países representan un riesgo para su propia seguridad.

Tercero, tomando en cuenta el daño a la infraestructura, las miles de viviendas destruidas, los niveles de desempleo y el descalabro económico, ambos países seguirán siendo un caldo de cultivo para el extremismo violento, al menos que se realicen importantes esfuerzos nacionales e internacionales para la reconstrucción.

Por último, la administración de justicia deberá jugar un papel clave para alcanzar una verdadera reconciliación nacional. Las víctimas de violencia sexual, los niños soldado, los desplazados internos, los refugiados, las personas desaparecidas, torturadas y asesinadas, todos víctimas de la guerra y de los actos cometidos por actores estatales y no estatales, exigen y merecen justicia.

Tal y como declaró una madre iraquí que luchó contra ISIS antes de verse obligada a huir de su provincia natal en Anbar: “Como madre que perdió a sus cuatro hijos a causa del Estado Islámico, estoy dispuesta a vengarme de los perpetradores, a quienes conozco individualmente y a cuyas tribus conozco, al menos que un tribunal pueda hacer justicia. Pero si regreso y no hay justicia por parte del gobierno en funciones, entonces me vengaré y no tendré misericordia para ninguno de ellos”.

*Maestra en Relaciones Internacionales y licenciada en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Pompeu Fabra.

@marianahss