No es lo mismo recibir un pan duro (decodificador) que un pan recién horneado (pantalla).

En mi familia nos llegaron tres televisiones: a mi abuelito, mi abuelita y mi mamá. Ni sabemos qué vamos a hacer con tantas . La promesa de entregar 13.5 millones de televisiones a las familias pobres del país es un ejemplo nítido de una política social sumamente ambigua.

La intencionalidad formal de esta decisión está bien clara: lograr que las familias carentes de televisiones digitales no pierdan el acceso a la televisión abierta. Una consecuencia ineludible del apagón analógico sería eso: Tienes una televisión viejita, pero como gobierno no queremos que te desconectes . Además de este objetivo, otra intención declarada es avanzar en el proceso de alfabetización tecnológica, aun entre personas analfabetas. Existen evidencias de que el analfabetismo no es un obstáculo para acceder a nuevas tecnologías, como el teléfono celular.

Pero la ambigüedad de la mayor movilización social en la historia de México, después de los procesos electorales, tiene varias aristas. Conviene reflexionar por qué se han movilizado millones de familias tras una televisión. La movilización no es tan visible, pues se da en etapas para cubrir todo el territorio nacional. La gente se mueve -aquí mover a México sí se da- para recibir una televisión. No se movilizan únicamente los beneficiarios, sino la familia. Viejitas que no salían de sus casas, las ves casi cargadas por un familiar; familias que salen con tres, cuatro o cinco televisiones, pues en el mismo hogar hay muchos beneficiarios de los programas. La entrega es expresión del pan y circo. En esta ocasión, el pan es la televisión, no importa que la familia no tenga corriente eléctrica, no cuente con un baño o que su cocina sea de leña. Para el gobierno, las pantallas son prioridad.

A la fecha se han entregado casi 2 millones de pantallas a beneficiarios inscritos en los padrones de Sedesol, objeto de sospecha, pues no se han hecho públicos. Los programas Adultos Mayores, Prospera y Cruzada Nacional Contra el Hambre tienen las bases de datos de las familias más pobres; sin embargo, las televisiones no han sido entregadas a las familias, como está establecido, sino a las personas, aumentando significativamente el número de aparatos a ser entregados.

La opción de entregar pantallas (valuadas en 27,000 millones de pesos) en lugar de decodificadores (valuados en 8,100 millones de pesos) tiene que ver con la función social del reparto, crear una masa agradecida a un gobierno tan bueno que hasta regala televisiones y apartar la mirada a una realidad cruel y amenazadora, un país que se despedaza, en el contexto de un año electoral; un auténtico circo.

Negar que las pantallas son propaganda electoral es absurdo. Su entrega se ha acelerado en estados donde tendrán lugar elecciones. De ahí que una consigna básica sea que no te apantallen las pantallas. No es lo mismo recibir un pan duro (decodificador) que un pan recién horneado (TV). El costo es lo de menos. México puede darse éste y otros lujos. Bueno, este año parece que ya no. El apretón fiscal no perdona.