Tras el anuncio del alza en la tasa de fondos federales en Estados Unidos de 25 puntos base, para colocarse en un rango de entre 0.5 y 0.75%, la Junta de Gobierno del Banco de México decidió hacer lo propio incrementando nuestra tasa de interés interbancaria en 50 puntos base, llegando a 5.75; un nivel cercano al que alcanzamos en la crisis del 2009.

A manera de recuento, por muchos años Estados Unidos decidió dejar sus tasas de interés en mínimos históricos, prácticamente 0%, permitiendo a otras economías beneficiarse con la afluencia de capitales; esta política tenía la intención de seguir estimulando el gasto y el crédito. Fue hasta diciembre del 2015 cuando la economía estadunidense envió una señal de recuperación, al subir por primera vez en casi nueve años su tasa de fondos federales. Durante todo el 2016 la Fed nos mantuvo a la expectativa de un nuevo incremento, provocando intermitentes episodios de volatilidad en los países con cierto nivel de riesgo, entre ellos el nuestro, dada la cercanía y la enorme vinculación comercial.

La realidad es que si Estados Unidos ofrece mayores beneficios a los capitales extranjeros, es decir, mejor rendimiento a las inversiones, se puede desencadenar una salida masiva del capital invertido en economías emergentes, y México es una de ellas. Además de perder ese capital, esta medida podría seguir debilitando el valor de nuestra moneda y fortaleciendo al dólar; de ahí, que la respuesta por parte de las autoridades financieras y hacendarias fue inmediata y además oportuna, pues la Fed advirtió de tres aumentos más en el próximo año.

Importante es anotar que el día del anuncio de la Reserva Federal el dólar se cotizó en 20.22 pesos, aumentando al día siguiente a 20.59, pero, posterior al anuncio del ajuste en la política monetaria mexicana, se ha ido disminuyendo paulatinamente. Y esa es precisamente la intención de la Comisión de Cambios encabezada por el gobernador del Banxico y el secretario de Hacienda: generar condiciones que permitan la estabilidad de nuestra moneda y al mismo tiempo mantener los capitales en México.

La mala noticia es que las reacciones no se hacen esperar y algunas de las medidas que los bancos están implementando es reducir los montos de crédito que ofrecen en tarjetas y elevar los estándares en préstamos al consumo. Ahí es donde se abre una ventana de oportunidad, si se logra exigir a las instituciones bancarias reducir sus márgenes de ganancia, y seguir ofertando condiciones competitivas en el crédito, que hoy día han estimulado tremendamente la inversión y el consumo interno, este último incluso es el principal motor para el crecimiento actual de nuestra economía.

El banco central ha manejado equilibradamente la política financiera buscando evitar un impacto en la inflación ante las constantes depreciaciones que ha experimentado el peso, y esto ha permitido que los mexicanos mantengamos nuestro poder adquisitivo. Sin embargo, no se puede controlar que otras economías también aumenten las tasas de interés y quieran evitar que los depósitos en sus monedas locales salgan rumbo a oportunidades de bajo riesgo y más rendimiento, como el caso estadunidense.

México debe aprovechar lo más que se pueda de este complejo proceso, continuar estimulando el consumo interno, mantener a raya el gasto público y generar mejores incentivos para la inversión privada; mientras no exista certeza de las relaciones comerciales con nuestro vecino del norte y principal socio comercial, la prudencia y la efectividad deberán ser nuestra principal herramienta. ¡Hasta el próximo encuentro y muy feliz Navidad!

* Presidente de la Federación de Colegios de Economistas de la República Mexicana, A.C. Sígueme en

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