El presidente López está montado en la idea de construir una narrativa epopéyica para su papel en la historia, pero en realidad está haciendo el guion de una mala película distópica.

Desde hace años, he sido un creyente en las posibilidades de los futuros distópicos. Pero estos no vendrán en la forma de una enfermedad devastadora como en la película Contagion (2011) o grandes erupciones volcánicas ocurridas al unísono, como se creía hace algún tiempo como causa de la extinción de los dinosaurios.  Tampoco será, seguramente, una invasión alienígena, del tipo de la Quinta ola (2016).

La distopía vendrá en pequeñas dosis, en una combinación de sucesos desastrosos y políticas cortoplacistas desastrosas. Un evento por acá y por allá, inundaciones, enfermedades, huracanes, terremotos, en fin, todo lo que ha vivido la Humanidad a lo largo de su paso por el planeta. Todas estas cosas, tomadas una a una, no nos llevarán a una situación distópica, pero si se combinan con malas decisiones políticas y económicas y una población depredadora entonces será una mezcla nociva. El ejemplo: el Covid-19 demostró que la mayoría de los países no estaba preparada para enfrentar una enfermedad relativamente poco letal. 

Las distopías comienzan, apoyados en las ciencias sociales, como Estados Fallidos, es decir la incapacidad de un Estado para dar seguridad, controlar el territorio, dar servicios básicos (salud, por ejemplo), garantizar la vida. El descenso de los niveles de vida con respecto a la generación que creció en los 70, el aumento de los desplazados en el mundo y la mayor desigualdad socioeconómica son muestras de esas dosis distópicas.

Para no hablar del planeta hablemos de México. En los últimos tres días (24, 25 y 26 de noviembre) casi 30 mil contagios y más de dos mil 300 muertes. Nunca habíamos tenido una triada tan fuerte de contagios y muertes. Esto es un dato, solo un dato, pero si a esto le sumamos que es producto de una política equivocada en el manejo de la pandemia y no de la enfermedad en sí misma, entonces estamos ante un mal escenario. Pero el escenario empeora si consideramos que no hay la intención de cambiar una política equivocada.

¿Es suficiente para componer una historia distópica? Por supuesto, no, pero sumemos catástrofes como las inundaciones en Tabasco. Se dirá que es solo el mal clima que nadie controla, pero aquí surge la idea del cambio climático y entonces no nos sentimos tan inocentes, sobre todo en un país que le está apostando a los combustibles fósiles y a desalentar las energías limpias. Resulta, además, que no hay recursos suficientes para recomponer prontamente las cosas en las zonas afectadas. Dice el presidente López que se les recuperarán las casas y todo lo que perdieron (¿refrigeradores, estufas, camas, televisores, computadoras?). Lo dudo, pero aun suponiendo que algún día fuera posible, ¿quién les pagara el pedazo de vida que les robaron? En realidad, no hay dinero para atender los desastres por las malas decisiones políticas.

Pero seamos serios, la cosa pinta mal, pero ¿distopías? Bien, agreguemos entonces la crisis económica que se caracteriza por empleos insuficientes y peor pagados que antes de la pandemia, empresas que se van de México ante la falta de garantías y confianza, menos inversión extranjera directa. No somos el único país con estos problemas, es cierto.  Sin embargo, tampoco hay un cambio de timón en cuanto a la estrategia seguida (o cualquier cosa que eso sea). Se apoya a los más pobres, lo que está bien, pero no hay ningún apoyo a las clases medias o a las empresas. Es cierto que la economía mexicana registró un crecimiento de 12.1% en términos reales en el tercer trimestre del año (INEGI), pero el rebote no alcanza a compensar el impacto del desplome del 18.7% en el segundo trimestre.

En materia de seguridad, la Guía Ética para la Transformación, presentada esta semana, vuelve a insistir sobre un tema que ha planteado el presidente López desde antes de tomar el poder: el perdón contra criminales y corruptos. Ahora, con un elemento nuevo: la terapia y ayuda psicológica. Mientras evangeliza, los homicidios se encuentran en una meseta peligrosamente alta y los feminicidios se cuentan en diez por día en promedio. Para el mandatario ambas cosas tienen un origen común del cual él no es el responsable. Los abrazos no sirven más.

Toda distopía es un callejón sin salida, una situación irresoluble, al menos en los términos dados. El país todavía no está en un callejón sin salida, pero está en el camino. Mientras, el mandatario juega a declamar: El varón que tiene corazón de lis, / alma de querube, lengua celestial, / el mínimo y dulce Francisco de Asís…

La futilidad del ser… él.