En términos microeconómicos, el gobierno lopezobradorista parece estar pensando que los fondos correspondientes estarán mejor gastados si su destino se decide burocráticamente que si los disponen sus receptores originales.

Tras bambalinas, el recorte acordado para los aguinaldos revela un aspecto muy importante del actual gobierno: su gran avidez por hacerse de recursos...

La semana pasada, el presidente López Obrador anunció que se reducía a la mitad el aguinaldo que corresponde a los funcionarios públicos. La singular medida ofrece desde luego diversas aproximaciones analíticas, pero en este espacio debe privilegiarse, por razones de especialización, el ángulo de la economía.

Desde la perspectiva económica, lo primero que procede descartar o refutar de la comentada decisión presidencial es el carácter de ahorro que se le ha querido asignar a esa acción tomada al amparo de la política de austeridad del gobierno de la autodenominada Cuarta Transformación. La medida no es ahorro como tampoco un acto de austeridad ya que esos fondos que se han descontado de la nómina del sector público inexorablemente se van a aplicar a otros destinos del gasto gubernamental. Es decir, la medida implica en su esencia un mero reetiquetamiento presupuestal.

Siguiendo con el análisis, desde el punto de vista macroeconómico el moche de los aguinaldos será neutro en sus efectos, pero éste no es ciertamente el caso desde la perspectiva de la microeconomía. En términos microeconómicos, el gobierno lopezobradorista parece estar pensando que los fondos correspondientes estarán mejor gastados si su destino se decide burocráticamente que si los disponen sus receptores originales. Mientras tanto, muchos de los hijos de los funcionarios afectados no podrán adquirir útiles escolares durante El Buen Fin o tendrán que prescindir de su regalo de navidad.

Como ya se ha visto, la justificación para el moche de los aguinaldos es la política de austeridad del gobierno. Sin embargo, con todo cuidado se evitó ofrecer un estimado del monto a que ascenderán los ahorros que se lograrán por esa vía.

Se entiende que se haya decidido esa omisión comunicacional en razón de que, de haberse ofrecido la estimación correspondiente, se habría comprobado que en términos relativos con respecto al presupuesto total el monto del ahorro será ridículamente pequeño, prácticamente despreciable. Pero la acción tendrá un saldo de efectismo propagandístico muy grande.

Tras bambalinas, el recorte que se ha acordado para los aguinaldos revela un aspecto muy importante del gobierno de la llamada Cuarta Transformación: una gran avidez por hacerse de recursos a como de lugar. El dinero hay que tomarlo de donde se pueda, es la frase más celebre que se recuerda de don Luis Cabrera, en su momento secretario de Hacienda de Venustiano Carranza. Simbólicamente, podría ser funcionario de la actual administración.

bdonatello@eleconomista.com.mx

Bruno Donatello

Columnista

Debate Económico

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