Al igual que la TV en 1961, las plataformas de redes sociales se hallan hoy en la adolescencia: tienen cierta historia -con desafíos, errores y oportunidades desperdiciadas-, pero les falta madurez. Y el daño que infligen a nuestros espacios públicos y cívicos tal vez sea más grave que lo que haya podido generar la televisión en 1961.

LLONDRES – El 9 de mayo de 1961, el por entonces presidente de la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos (FCC), Newton Minow, dio un discurso transformador en la Asociación Nacional de Radiodifusión, en Washington D. C. Hoy se lo conoce como el discurso del “vasto páramo” y ofreció una visión orientada al bien público a un novel sector -la teledifusión- que estaba modificando rápidamente a la sociedad. Debiéramos aplicar una visión similar a las plataformas de redes sociales en la actualidad.

En 1961 la televisión había entrado en la adolescencia: cantidades récord de familias estadounidenses habían adoptado la nueva tecnología, las estaciones habían comenzado con emisiones regulares solo 14 años antes, en 1947, cuando en los hogares estadounidenses había 44,000 televisores (aproximadamente 30,000 de ellos, en la ciudad de Nueva York). Para 1960 había 52 millones de televisores en Estados Unidos, uno en casi 9 de cada 10 hogares en todo el país. No sorprende entonces que los anunciantes acudieran en gran número a ese medio.

Pero la televisión aún no había madurado, la acusaban de orquestar farsas, por ejemplo, después de una serie de revelaciones en la década de 1950 que pusieron al descubierto arreglos en los programas de preguntas. Y, a pesar de innumerables debates sobre el tema, la nueva tecnología aún no se aprovechaba para servir al interés público a través de la oferta de espacios sostenibles para las noticias y la educación.

Enfrentar esos desafíos no solo requería una visión de cambio, sino también alguien capaz de impulsarla desde un puesto con poder real. Minow era esa persona.

En su discurso, Minow desafió a su audiencia a mirar durante un día los programas que producían. Encontrarían, se lamentó, una “procesión de programas de concursos, comedias predecibles sobre familias absolutamente irreales, violencia, caos, agresión, sadismo, asesinato, los malos del lejano Oeste, los buenos del lejano Oeste, investigadores privados, gánsteres, más violencia, dibujos animados e infinitas publicidades, muchas de ellas chillonas, engañosas y ofensivas”. De las 73 horas semanales del horario central, señaló Minow, durante la siguiente temporada 59 estarían ocupadas por comedias, programas de concursos, series de acción o películas.

Para aprovechar el potencial de la televisión en beneficio del interés público, Minow creó seis principios que guiarían su presidencia en la FCC. El primero era que el público, no las emisoras, era el propietario de las frecuencias, por lo que las emisoras estaban obligadas a brindar un servicio público.

Minow tranquilizó entonces a las emisoras: no habría nuevas investigaciones como las vinculadas con los programas de preguntas amañados (el segundo principio), y creía en la libre empresa (el tercero).

“Quiero de las emisiones mejoren y que sean ustedes quienes se ocupen de ello”, dijo Minow. “Me enorgullece defender su causa”. Con eso se distanció de las batallas anteriores entre la FCC y las emisoras, y se anticipó a quienes pudieran acusarlo de no entender la economía del sector. Fue una clase maestra sobre posicionamiento.

El cuarto principio propuso un desafío: “Todavía no hay suficientes emisoras educativas y los principales centros del país carecen de canales educativos útiles”; por eso se comprometió a “dar una mano” a la televisión educativa, “que puede ofrecer una contribución enorme al futuro”.

Con su quinto principio, Minow volvió a calmar las aguas: se oponía “irrevocablemente” a la censura gubernamental, no dictaría la programación de nadie.

Minow concluyó con una descripción de lo que estaba en juego: “Derrochar el tiempo de aire no es menos grave que despilfarrar un recurso natural precioso”, dijo, y prometió tomarse “muy en serio” su trabajo como presidente de la FCC. Cuando a veces en las emisoras decían que se estaba tomando su trabajo demasiado en serio, afirmó: “Francamente, no me importa que piensen eso”.

En ese tono seguro de sí mismo, Minow comenzó a identificar soluciones prácticas, completando su visión para el medio. Fue el sólido inicio de una gestión corta, pero significativa en la FCC: en solo dos años Minow transformó “el vasto páramo” de la televisión y sentó las bases para las emisiones de medios públicos en Estados Unidos.

Minow usó zanahorias, no palos: en vez de imponer multas y dictar normas, como habían hecho sus predecesores, asignó fondos federales a la televisión pública por primera vez. Por ejemplo, apoyó a la Red Nacional de Televisión Educativa de la Fundación Ford, precursora del actual Servicio Público de Radiodifusión (PBS). Las iniciativas de Minow prepararon el camino para la creación de la Corporación para la Radiodifusión Pública (CPB) y la organización sin fines de lucro Children’s Television Workshop.

También generó espacios para que sus proyectos crecieran. Intervino personalmente para garantizar que las grandes ciudades como Nueva York y Los Ángeles reservaran parte del espectro de difusión para canales educativos no comerciales.

Al igual que la televisión en 1961, las plataformas de redes sociales ingresan hoy en la adolescencia: tienen cierta historia -con desafíos, errores y oportunidades desperdiciadas-, pero les falta madurez. Y el daño que infligen a nuestros espacios públicos y cívicos tal vez sea más grave que lo que haya podido generar la televisión en 1961.

No faltan ideas para solucionar los problemas de las redes sociales, por ejemplo, en investigaciones recientes publicadas por el New Public Festival, se describen 14 principios para crear mejores espacios públicos digitales. El Luminate Group está buscando apoyo para un Fondo Internacional para los Medios de Interés Público, y tanto el proyecto holandés PublicSpaces como el mío, Public Media Stack, ofrecen herramientas prácticas para reducir la dependencia de las plataformas comerciales.

Lo que faltan son líderes políticos que puedan forjar estas ideas en una visión y una estrategia coherentes. Con la renuncia de Ajit Pai después de una presidencia polémica en la FCC, eso podría estar a punto de cambiar. Para garantizarlo, el presidente estadounidense Joe Biden debe buscar un reemplazo con una visión clara y práctica que, como Minow, sepa encontrar el equilibrio entre la manera de nutrir a una industria adolescente en rápido crecimiento y conseguir que adhiera a nuevas normas de servicio público.

Con la nominación de voces fuertes e independientes, como Lina Khan y Tim Wu, para la FCC, Biden ya mostró que desafiará al sector para que esté más orientado hacia el bien público. Elegir a Jessica Rosenworcel -quien promovió la neutralidad de la red- como presidenta interina de la FCC es otra buena señal. Después de un año en el que nos tornamos cada vez más dependientes de las redes digitales para todo, desde la educación hasta la vacunación, el próximo presidente de la FCC debe garantizar que la creación de valor público ocupe el corazón de la estrategia digital estadounidense.

El autor

Matt Locke, ex director de Innovación en BBC New Media y director de Multiplataforma en Channel 4, es director de Storythings y Project Lead en Public Media Stack.

Copyright: Project Syndicate, 2020

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