En vez de prepararnos para un escenario apocalíptico, el panorama más razonable es que por cada millón de personas en el mundo, entre 10 y 100 contraigan el virus en forma observable

Londres. Una muerte es una tragedia; 1 millón de muertes es una estadística. Independientemente de que Stalin verdaderamente lo haya dicho o no, se trata de una descripción cruelmente exacta de la realidad económica. El pánico mundial por el nuevo coronavirus, Covid-19, es comprensible, porque toda muerte prematura es una tragedia humana. Pero, independientemente de cuán insensible pueda sonar, serán los números los que determinen en última instancia el impacto económico y político de esta pandemia. Afortunadamente, en este caso, los números relevantes se comportan de manera mucho menos alarmante de lo que pueden sugerir los titulares cargados de pánico en los medios.

Esos titulares pueden tornarse incluso más histéricos en las próximas semanas, porque Estados Unidos recién ha iniciado los análisis generalizados de coronavirus. Es casi seguro que la cantidad de estadounidenses contagiados y fallecidos por el Covid-19 aumentará rápidamente, y el sentimiento financiero y económico responderá en forma acorde, antes de que la opinión pública en ese país y el mundo comience a calmarse para fines de abril o mayo. Pero, sea cual sea la fecha específica, la evidencia estadística en los dos meses desde que comenzó el brote sugiere que el Covid-19 tendrá un efecto insignificante sobre la salud y la mortalidad en el mundo, excepto en la provincia de Hubei, en China, donde comenzó la epidemia.

El gráfico sugiere de manera significativa la difusión del coronavirus en el mundo y habla por sí solo sobre el aumento exponencial en cualquier proceso de contagio. Muestra como los medios, los políticos y los inversores perciben la amenaza del coronavirus. En todos los países donde hubo brotes, los niveles de infección aumentan casi verticalmente y parecen seguir el patrón inicial de Hubei, donde se duplicaba la cantidad de víctimas cada tres o cuatro días. Pero es notoria la enorme disparidad entre las escalas de esas epidemias aparentemente similares. En Hubei, en las primeras tres semanas de la epidemia hubo 40,000 infectados. Los datos comparables en las tres primeras semanas de la epidemia en Corea del Sur e Italia, los países más afectados fuera de China, fueron 5,000 y 2,500, respectivamente.

También muestra una llamativa semejanza entre las epidemias de Hubei y de otras regiones, pero con un mensaje muy diferente. En todas las regiones afectadas, la difusión del virus, que aquí se indica en escala logarítmica (como corresponde a cualquier proceso de contagio exponencial), se desacelera hasta casi detenerse, a grandes rasgos, como ocurrió en Hubei.

Los medios previsiblemente prefieren la historia lineal sensacionalista que extrapola la experiencia de Hubei a un apocalipsis mundial con millones o miles de millones de víctimas. Sorprende aún más que muchos políticos y profesionales de la salud también promuevan esta visión engañosa.

Si reconocemos que el contagio es un proceso exponencial, proporcional a la población, la evidencia entonces dista mucho de ser apocalíptica. El éxito chino para estabilizar el ritmo de contagio en entre cuatro y seis semanas parece repetirse en tres de los otros cuatro países asiáticos, Singapur, Japón y Hong Kong, con suficiente cantidad de casos y duración de la epidemia como para comenzar a extraer conclusiones significativas.

Aunque el reciente aumento repentino de los casos en Corea parece mucho más preocupante, al igual que la epidemia en el norte de Italia, las líneas de tendencia exponenciales en ambos países también pasaron de convexas a cóncavas, asemejándose, a grandes rasgos, a las experiencias de hace aproximadamente un mes en Hong Kong, Singapur, Japón y China (fuera de la provincia de Hubei).

Si dejamos de lado a Hubei, donde se permitió que el virus proliferase libremente durante un mes o más, el nivel de infección asintótico al cual parecen estar convergiendo todas las líneas se encuentra entre los 10 y los 100 casos por millón de habitantes, o entre 1 décimo y 1 centésimo de la tasa de infección confirmada de 1,100 por millón en Hubei. La evidencia en todas las regiones infectadas, incluso considerando a la provincia de Hubei, de que la difusión del virus cae hasta un nivel insignificante una vez que la curva de contagio se achata, tal vez porque los pacientes con infecciones graves fueron rigurosamente aislados y tratados, mientras que el contagio de los portadores asintomáticos es en realidad mucho más débil de lo que se temió inicialmente.

Entonces, en vez de prepararnos para un escenario de película apocalíptica, en el cual los gobiernos autoritarios en todo el mundo reúnen a miles de millones de personas y las encarcelan en confinamientos al estilo de Hubei, el siguiente escenario parece más razonable. Por cada millón de personas en el mundo, parece probable que entre 10 y 100 contraigan el virus en forma observable. Con una población mundial de 7,500 millones, la cantidad de personas con coronavirus en el mundo, más allá de los 67,000 pacientes ya diagnosticados en la provincia de Hubei pasaría entonces de los 40,000 en la actualidad a entre 75,000 y 750,000.

Éste parece ser un rango de incertidumbre muy amplio, pero lo importante es que incluso el extremo superior de este rango es mucho menor que los peores escenarios que actualmente dominan los medios. Aún más, si juzgamos según la experiencia clínica en los países asiáticos con sistemas de salud y administrativos decentes, es probable que sólo 2 o 3% de esos pacientes muera. En Singapur, el país con la mayor tasa de infección inicial per cápita después de China, no ha muerto ningún paciente de coronavirus hasta el momento.

Hay que reconocer que probablemente la mortalidad en los países pobres con atención sanitaria menos eficiente será mucho mayor. Pero incluso si la tasa de mortalidad mundial fuese cuatro o cinco veces más elevada que la experimentada por los países asiáticos avanzados, digamos 10% de mortalidad en vez de 2 o 3%, eso significaría entre 7,500 y 75,000 muertes a nivel mundial, además de los 2,800 pacientes que ya murieron en Hubei. Sería una tragedia humana, pero, como estadística con impacto económico o político, constituiría un punto imperceptible comparada con los 55 millones de personas que mueren al año en condiciones normales de salud y mortalidad.

El autor

Anatole Kaletsky es economista jefe y copresidente de Gavekal Dragonomics. Excolumnista del Times of London, International New York Times y Financial Times; es autor de Capitalism 4.0: The Birth of a New Economy After the Crisis, que anticipó muchas de las transformaciones posteriores a la crisis de la economía global. Su libro Costos de incumplimiento, de 1985, se convirtió en una guía influyente para los gobiernos latinoamericanos y asiáticos que negociaban incumplimientos de deuda y reestructuraciones con bancos y el FMI.