La crisis desatada por el Covid-19 ocupa, como debe ser, todos los espacios del debate público. Con esto, hay muchas cosas que comenzamos a entender.

En los últimos días conocemos un sinfín de propuestas y de paquetes de políticas que tienen la finalidad de reactivar la economía una vez pasada la emergencia, y compensar a las personas que están resultado más afectadas. Muy poco de lo que se propone reconoce que la vulnerabilidad es mayor en las mujeres que, por un lado, un número importante está en riesgo por el confinamiento en el hogar (donde se presenta el mayor número de casos de violencia); por el otro, realizan, en mayor proporción, labores en sectores de menor protección social, como el trabajo doméstico y en buena parte de la economía informal. Como, en efecto, generalmente ellas cuidan al resto de la familia en caso de enfermedad, el problema es cuando ellas son las que requieren cuidado. Lo que se tiene que hacer, una vez pasada la emergencia, es retomar la exigencia de políticas más radicales para reducir la brecha de desigualdad de género.

Es una mala época para la cooperación global. Gordon Brown, el ex primer ministro británico, señala que a diferencia del problema de la expansión del virus H1N1, cuando desde el inicio se acordaron acciones conjuntas, en esta ocasión las políticas han sido prácticamente locales. El G20 apenas tuvo ayer una reunión virtual, sin muchos puntos sobre la mesa, y Europa no atina el poder plantear bonos comunes de deuda para financiar el paquete anticíclico posterior a la pandemia. Se refleja, por supuesto, la crisis de la comunidad europea, el aislacionismo británico, el conflicto chino-estadounidense, la pérdida del liderazgo de Estados Unidos y su agenda contra las instituciones globales de cooperación, así como la falta de mecanismos de diálogos en América Latina. Justo cuando se viven las consecuencias de fenómeno global, de una enfermedad que en semanas pasadas salió de una conocida ciudad china al resto del mundo, se hace evidente lo endeble de las instituciones de gobernanza internacional.

El problema de regular y generar bienes públicos globales. Una pregunta evidente es cuál es la razón de que no se cuente ni con vacunas, ni paliativos, ni planes de acción acabados para reducir el contagio si era evidente, y se había advertido que algo así podría ocurrir. La respuesta está en los recortes a la investigación de esos temas por parte del gobierno de Estados Unidos, en la falta de una regulación global de la industria farmacéutica que genere incentivos para acelerar la investigación y el desarrollo de productos para atender padecimientos que se pueden transformar en problemas públicos, no solamente los que pueden generar mayores rendimientos. Los que varios analistas reportan es que incluso en este momento, en la emergencia, existen pocos proyectos serios para aprovechar la capacidad de varios países para encontrar alternativas en el corto plazo contra la pandemia. Además, se dice que lo que vivimos es en parte el resultado de que no se regula la boyante industria alimentaria, cuyas prácticas de producción en algunos países, China por ejemplo, son tan extremas que conviven animales muertos con vivos, lo que presumiblemente explica el desarrollo del virus y de otros riesgos importantes.

En este tenor, es importante mencionar que, al salir de esta pandemia, la reconstrucción del tejido social, las políticas públicas, laborales y económicas deban realizarse tomando en cuenta los riesgos que se puedan generar de enfermedades futuras y, desde luego, con un enfoque de género.

Vidal Llerenas Morales

Político

Columna invitada

Licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), cuenta con una Maestría en Política y Gestión Pública por la Universidad de Essex, Reino Unido y un Doctorado en Administración y Gerencia Pública por la Universidad de York.