Recientemente, Daniel Vader —investigador de la Universidad de Pensilvania— le dijo al New York Times que el cuidado de la salud mental ha sido y seguirá siendo esencial durante la pandemia: “este es un momento traumático, y muchos de nosotros nos veremos afectados por la preocupación y el dolor… durante el resto de nuestras vidas”.

Claro que influyen sobre la estabilidad mental las preocupaciones por nuestra salud y la de los allegados; a estas alturas con grandes probabilidades de ya haber sufrido la pérdida de alguien cercano. También angustia el escenario laboral, el bolsillo, el temor al contagio, a ser atendido en condiciones adecuadas.

Un nuevo estudio de la Universidad de Ottawa revela resultados tremendos sobre la salud mental de la población mundial. El análisis arroja que, de cada cien, 24 registran insomnio; 22, estrés postraumático; 16, depresión y 15, ansiedad. (Por supuesto, una misma persona puede reportar más de una afectación).

¿Y esto es mucho o es poco? Pues, de inicio, sabemos que esta generación ya atravesaba un periodo de gran volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad que dan pie a una mayor vulnerabilidad emocional. En otras palabras, la cosa ya estaba fea. Y se agrava, nos lo dicen los investigadores canadienses, dado que el trastorno por estrés postraumático es cinco veces más frecuente en este periodo de pandemia. La ansiedad, cuatro veces y la depresión tres veces más recurrente en comparación con lo registrado previamente por la Organización Mundial de la Salud.

El estudio del que hablamos, liderado por Jude Mary Cénat, señala que el deterioro mental también se registra en el personal médico más o menos en condiciones similares al del resto de la población, salvo en cuanto al insomnio que en el caso de los profesionales sanitarios registra niveles, en mi opinión preocupantes.

Sabemos que el personal médico, los héroes especialmente de esta pandemia, están agotados. Si teníamos duda, ahí están los datos de todo el mundo. Recientemente lo decía José Antonio Lozano, Presidente de la Junta de Gobierno de la UP y del IPADE: “Hoy se vuelve prioritario cuidar de la salud mental de nuestro personal sanitario, que es un tesoro de nuestra sociedad que, entre todos, de manera solidaria, debemos proteger”. Eso significa planificación, organización y financiación de los sistemas de salud.  

La Psicología explica que los principales impactos del aumento de estrés postraumático, la ansiedad y la depresión son palpables en problemas de atención, concentración y enfoque; cansancio, insomnio; desórdenes alimenticios (peor con los recalentados de la época); dolor de cabeza; mal humor, irritabilidad; falta de motivación en general. Los menciono, también con la intención de estar muy alerta ante estos posibles fenómenos en nuestra vida diaria.

La llegada de las primeras vacunas aviva el ánimo. Pero a esa estrategia aún le faltan, en el más luminoso de los horizontes, meses para registrar beneficios contundentes.

Al inicio de la pandemia, el grupo musical La Oreja de Van Gogh sacó una canción que titularon “Volveremos a juntarnos”. Efectivamente, como lo cantan, han sido “meses grises”. Y sin pretender que sea una solución porque sería evidentemente un reduccionismo, creo que hay una luz de respuesta en otro de sus versos en los que se acentúa la solidaridad, el servicio a los demás y la esperanza: “Ahora es tiempo de pensar y ser pacientes /Confiar más en la gente / Ayudar a los demás / … / Volveremos a juntarnos / Volveremos a brindar”, dice la canción, con especial tino en esta época navideña y de arranque del nuevo año.

Vicente Amador

Maestro en Comunicación

Historias que se cuentan

Consultor de Comunicación, Asuntos Públicos y Estrategia Política.

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