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Opinión

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La globalización y sus descontentos

La cuestión social era para los líderes y partidos políticos del siglo XIX la cuestión más importante. De su discusión y manejo de alternativas surgió el Estado de Bienestar, contribuyendo a ello los partidos sociales demócratas y demócrata cristianos. Fue la respuesta posible y pragmática a las ilusiones comunistas.

En el siglo XX, la cuestión social se concentró en la desigualdad, principalmente por las guerras y crisis económicas. Los sindicatos jugaron un papel relevante por su defensa a los trabajadores y lograr así una porción importante del ingreso nacional.

Con el neoliberalismo, el desmontaje de la Unión Soviética, la caída del Muro de Berlín, las instituciones internacionales más importantes como son el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) marginaron la consideración social dentro de la política económica recomendada a los gobiernos llegando la desigualdad a niveles excesivos, con empobrecimiento de las clases medias, la marginación a las mujeres y niños, extremos éticamente inaceptables.

La OCDE y el FMI han privilegiado la austeridad para llegar al crecimiento económico, reduciendo el tamaño del Estado. Ello a pesar de las contribuciones teóricas y prácticas de Paul Samuelson, Premio Nobel de Economía y maestro de generaciones de economistas así como de Simón Kutznets, otro destacado maestro de economía. Samuelson dijo que el crecimiento económico es sinónimo de disparidad social (...), los mecanismos del mercado necesarios y suficientes para impulsar la productividad total, invariablemente agudizan las desigualdades entre ganadores y perdedores (...) en las encuestas globales sobre felicidad, son los habitantes de economías mixtas los que se sienten menos infelices .

Simón Kutznets estableció que en las economías en desarrollo, la desigualdad suele crecer a medida que se acelera el crecimiento económico . Esta aseveración la hizo después de estudiar un abundante acervo de estadísticas.

La crisis económica actual, de la que sólo salen algunos países, agravó la desigualdad económica y social, y puede tener consecuencias severas para el crecimiento potencial.

Contribuyeron a esa escalada de desigualdad las políticas en el mercado de trabajo, la reducción del seguro al desempleo, la descentralización de la negociación colectiva, el desmontaje del sistema de pensiones públicas. Se convirtieron en recetas de talla única aplicable a todos los países.

Ahora la OCDE reconoce la crisis social derivada de sus recetas y pide que se den ayudas a los necesitados, pero en un esquema asistencialista.

En todo esto subyace un hecho relevante si hacemos una retrospectiva. Antes, la cuestión social no era cosa de economistas. No era un debate académico sino político. Hoy no debe dejarse sólo en manos de los expertos. Los políticos, que son los que gobiernan, tienen que hacerlo.

Los movimientos contestatarios ahora plantean: economía de mercado sí, pero compensada con el Estado social que permita las mismas oportunidades y correcciones necesarias. Por eso salir de las crisis es más difícil en Europa que en Brasil.

La calidad democrática, la fortaleza institucional y la justicia social influyen positivamente tanto en el crecimiento económico como en la redistribución. Es el ejemplo de los países escandinavos.

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