La importancia de las exportaciones petroleras de México dentro del total (10.8% en el 2014 y 6.4% hasta noviembre del 2015) no permite explicar la depreciación que ha mostrado el tipo de cambio a partir de que los petroprecios se empezaron a desplomar por debajo de sus pronósticos. Ni siquiera el hecho de que los ingresos por petróleo cubren más de la tercera parte de los ingresos fiscales valida la elevada y quizás excesiva correlación que se ha mostrado entre petroprecios y tipo de cambio. Pero tal vez ese enlace tenga otra explicación: que desde hace tiempo el precio del petróleo se convirtió en un indicador muy visible de las fortunas económicas de México. Ahora que ese precio se ha desplomado a niveles no anticipados, el hecho se ha reflejado en otras variables importantes, entre ellas el atractivo del país como destino internacional de inversiones de cartera.

Habría sido deseable que esta sobrerreación no se produjera, pero esa es precisamente una de las características de los mercados financieros mundiales: quienes participan en ellos tienden a moverse en manada, en formas a veces irracionales. Ante esta realidad, es mucho mejor para un país como México tener un tipo de cambio flotante, que permita un acomodo más rápido y ágil ante las modificaciones en la balanza de pagos y en el mercado cambiario. El problema es que no siempre se entiende la lógica del mecanismo y surgen las tentaciones para meterle mano de manera simplista. Un caso ilustrativo reciente es el del presidente del IMEF, Joaquín Gándara, que ya anda pidiendo buscar mecanismos adicionales para detener la depreciación del peso mexicano .

Tener un régimen de flotación cambiaria implica aceptar que el mercado no siempre va a determinar el tipo de cambio que más nos guste. De hecho, el presidente del IMEF debería saber que nunca existe, en ninguna circunstancia, el tipo de cambio de consenso. Por ejemplo, un tipo apreciado puede ser favorable para los importadores pero no para los exportadores y productores. Asimismo, lo inverso puede decirse para un tipo de cambio muy depreciado, como ocurre en la actualidad. A mayor abundamiento, esas herramientas adicionales que se solicitan para detener la depreciación posiblemente no estén disponibles y es mucho mejor no andar pidiendo que la política monetaria le haga al aprendiz de brujo, intentando lo que no estaría a su alcance lograr.

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