Esta Semana Santa tiene la peculiaridad de transitar en la pandemia de coronavirus que pone a prueba nuestras ideas sobre normalidad, vida pública e interacción social; en la que es recomendable el encierro generalizado con lo que se evitarán más contagios. Sin embargo, ese aislamiento propicia frustración, tensión y aumento de la violencia doméstica y familiar; puede ser fuente de conflictos y controversias.

Durante la Semana Santa, que coincide con la celebración de la Pascua en diversos cultos, tienen lugar numerosas muestras de religiosidad popular a lo largo de todo el mundo, y se recuerdan valores como el de la paz y la bondad, tan necesarios en esta crisis global, nacional, comunitaria y familiar.

La paz es un estado a nivel social o personal que implica tranquilidad, sosiego, quietud, calma, concordia, armonía y acuerdo; la cultura de la paz consiste en una serie de valores, actitudes y comportamientos que rechazan la violencia y previenen los conflictos tratando de atacar sus causas para solucionar los problemas mediante el diálogo y la negociación entre las personas, los grupos y las naciones.

La paz no puede construirse ni alcanzarse a través de medios tales como inquietud o guerra, no puede apoyarse en la violencia y la violencia no puede conducir a la paz.

La paz además de ser una alternativa colectiva es una opción personal. Escuchar al otro y viceversa con atención y respeto, independientemente del motivo de ese diálogo y de sus personales intereses, significa el propósito de comunicarse y de expresarse para que, de esa forma, se pacifique al ser consciente. Ello es posible con la mediación.

La cultura de la paz a nivel global requiere del desarrollo de sociedades en las que se prevengan el conflicto y la violencia y, de presentarse, sean gestionados eficientemente aprovechando la mediación. La paz es el poder y el derecho de toda persona sin importar nacionalidad, raza, nivel socioeconómico o religión.

La paz es posible si reconocemos que una de las cualidades positivas de toda persona es la bondad, que somos seres básicamente bondadosos con un potencial natural que puede guiar a toda persona a dar lo mejor de sí misma a los demás, sin recibir necesariamente algo a cambio.

Lamentablemente en el seno de cada cultura nacional se advierte un crecimiento de controversias o conflictos así como su atención de forma equívoca y aún destructiva, a veces sutilmente y en otras de manera burda que, por su rudeza, carecen de bondad. Esa circunstancia es superable utilizando la mediación.

La palabra bondad, que proviene del latín, significa atributo de ser bueno. Es la cualidad de la persona que hace el bien a sí mismo y, por tanto, es capaz de ser bondadoso con sus semejantes y con todo lo que le rodea. La bondad suele estar acompañada de otros valores como la prudencia, la generosidad, la humildad, la compasión, la paciencia, la armonía y la solidaridad.

La bondad es un valor estudiado en los campos de la filosofía, de la ética y de la religión; en los que aparece como la mejor particularidad que puede sentir el ser humano y la cual puede verse engrandecida o disminuida en cada persona, según las circunstancias en las que se haya desarrollado.

El ser bondadoso permite valorar más a las personas que a los objetos, libera del egoísmo que, entre otras cosas, propicia capitalizarlo todo en beneficio personal. Sentar las bases de la bondad natural como cualidad humana facilitará la construcción de mejores relaciones con uno mismo y con los demás. Hará posible la cultura de la paz.

Sin embargo, la constante en las culturas modernas, sobre todo urbanas, es el egoísmo traducido en todo tipo de actitudes destructivas. Esta actitud es contraria a la bondad.

Vivimos en un mundo en el que la concordia, cualidad positiva cercana a la bondad, es un distintivo que se debilita peligrosamente.

Es indispensable identificar los factores que causan que la discordia sea el motor preponderante de la interacción social para lograr que sea la concordia lo que impere en las comunidades y entre ellas. Al experimentar conscientemente la bondad cuando decidimos ser sinceros, comprensivos y compasivos ante la diversidad y las diferencias de quienes nos rodean, propiciamos o apoyamos la concordia. La bondad genera un sentido uniforme de convivencia en un marco de respeto, empatía y justicia común.

Promover el surgimiento natural de la cualidad de la concordia y de la bondad a través de la práctica de actos de empatía es propiciar su aprendizaje a través del ejemplo. Al movilizar sentimientos intrínsecos del ser humano como la compasión desde nuestro interior y la convivencia desde la solidaridad y la bondad, se fortalecen las bases éticas del ser en las que destaca la corresponsabilidad en el respeto, la justicia, la consideración y el altruismo.

Parece que se ha olvidado que la concordia es indispensable para comprender a nuestros semejantes, que la generosidad da sentido a la coexistencia y que la solidaridad se expresa cuando se tienden las manos a quienes lo necesitan. Somos seres amistosos, hospitalarios, fraternales y solidarios por naturaleza y estamos obligados a ser defensores de nosotros mismos y de nuestro prójimo.

La bondad es un transitar por el bien común y también es un poder.

El poder de la bondad es muy amplio, tiene la cualidad de ponernos en contacto con nosotros mismos y de hacernos centrar la atención en el bienestar de los demás. Puede surgir en cada una de las interacciones humanas a través de acciones solidarias, de servicio, de consideración y también de compasión.

La bondad frecuentemente parece ser rebasada y aún olvidada debido a lo mundano y muchas veces frívolo de la vida cotidiana y los retos de cada día. El ahogo en lo habitual opaca el efecto y potencial de nuestro poder.

La bondad es fuente de energía y sabiduría natural, considerarla así, evocarla y cultivarla, fortalece los valores fundamentales, nos hace más cooperativos.

La bondad también es un asunto de honestidad, su ejercicio no debe ser selectivo ni producto del cálculo y la manipulación y sí, en cambio, ha de expresarse como una cualidad que no hace distinciones y se convierte en regla de conducta en todos los ámbitos de nuestra vida.

La bondad también tiene que ver con el perdón; no significa reconciliación con el otro, pero permite recuperar la paz robada y superar los sentimientos negativos que provocan malestar y sufrimiento. Es frecuente que se alcance como parte del proceso de una mediación.

Esta grave crisis que a todos afecta exige que utilicemos el poder de la bondad.

Quienes pueden mantenerse aislados en sus casas, capitalicen ese tiempo para convivir en paz con sus familias.

La peor prisión es un corazón cerrado (1).

Pascual Hernández Mergoldd es abogado y mediador profesional.

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(1) Juan Pablo II

Pascual Hernández Mergoldd

Abogado y mediador profesional

Columna invitada