Jubilar es declarar a uno exento de la obligación de seguir trabajando, con derecho a pensión y en algunos casos a prestaciones. El jubilado por fortuna queda libre de cargas, pero también de cargos por desgracia. Jubilar es un fardo para las empresas y, sobre todo, para el gobierno, convertido en agente de colocaciones y paternal gestor de la beneficencia pública. Ahora hay prejubilados en el mejor de los casos, conviene más a las compañías. Quizá dentro de poco el jubileo de empleados será una institución que pasó como soplo en la historia.

Suponiendo una vida de trabajo de entre 35 y 50 años, quien llegue al final se encuentra en una de dos situaciones: o no necesita laborar para subsistir, minoría, o debe chambear para comer, situación de la enorme mayoría. Los náhoas tenían una máxima: compadécete del pobre que sufre, que anda comiéndose las uñas, que anda cargando las manos como collar. La pensión, de suyo baja, es insuficiente, y el nivel de vida, de suyo enclenque, se reduce más. Pancho Liguori, quien en estos días cumpliría 100 años, con su habitual gracejo comenta una propuesta de Echeverría sobre las pensiones de los trabajadores del Estado, 1975: Ignoro el articulado,/pero por lo que se ve,/la iniciativa provee/menos cuota al pensionado.../No sé si en la iniciativa/o en preceptos transitorios/se aumentan los irrisorios/pesos que un pobre reciba./No será ley retroactiva/perjudicando al pasado,/pero algunos han pensado/que no importa que se inicie/mientras no beneficie/al pobre mal jubilado/ .

Los bienaventurados que ya no requieren ganar dinero son de varios tipos. El que sigue haciendo lo mismo que ha hecho durante décadas, contó chiles desde el principio y así lo hará hasta el final. El que se sienta en un sillón con la mente en blanco hasta que muere de depresión. El que es llamado a aconsejar una empresa, fundación o patronato. El que tiene todo el tiempo del mundo y dispone de él a su antojo para ocuparse y divertirse.

Recomiendo a mis compañeros jubilados, actuales y por venir, que observen estrictamente, con las honradas distracciones que pide la naturaleza, los horarios de cada labor: su rendimiento crecerá asombrosamente.

Pero lo que más hace falta es un andamiaje privado y público para aprovechar de manera productiva el talento de la infinidad de jubilados. Los viejos no jubilados que a sus 75 barren calles son triste cuento aparte.