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Opinión

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El siguiente que sea un Buen Fin de autos, ¿no?

Ya viene esa época en donde la importación de autos de Estados Unidos se convierte en una buena herramienta electoral.

Desde hace muchos sexenios la flexibilización de las reglas para meter autos chocolate al país se ha utilizado como instrumento de propaganda política para congraciarse con los electores.

Un Presidente ha superado a otro. Salinas de Gortari superó a De la Madrid; Zedillo permitió más importaciones que Carlos Salinas y Vicente Fox se voló la barda y dejó a todos los expresidentes priístas en calidad de niños en pañales.

Porque mientras antes se hablaba de regularizaciones masivas de los autos que ya habían entrado al país, el Presidente del cambio vaya que aplicó una diferencia y adelantó los tiempos del Tratado de Libre Comercio para que la inundación del país con autos chatarra se diera por la puerta grande.

A finales del 2005, Vicente Fox Quesada, con escudo nacional al calce, publicaba que por la facultad que le confería el Artículo 89, fracción I de la Constitución decretaba la importación de lo que del otro lado de la frontera ya se ubica al nivel de fierros viejos.

Y claro está que a finales del 2005 es el equivalente a finales del 2011. No por otra cosa que la cercanía del proceso electoral presidencial. Así que las fechas dan miedo.

Hasta septiembre pasado el número de autos usados que habían ingresado a México era 52% más alto que los que se habían internado hasta el mismo mes pero del 2010.

Si hablamos de una importación de casi 500,000 unidades chatarra durante esos primeros nueves meses del año, estamos ante la realidad de que se importan ocho autos basura de Estados Unidos por cada 10 autos nuevos que se venden en el mercado doméstico.

Hay que recordar que los permisos de importación avalados por Fox eran para vehículos con más de 10 años de antigüedad. Y la mayoría de esas importaciones corresponde a las camionetotas que allá en Estados Unidos no quieren ya tener por los costos del combustible.

Entonces lo que hay circulando en las calles son millones de autos en no muy buenas condiciones que consumen enormes cantidades de combustible subsidiado y que representan un peligro por la falta de obligatoriedad de que al menos porten un seguro de responsabilidad civil.

Ahora, estos números alcanzados durante este año son poca cosa comparado con lo que ocurría hasta hace apenas unos años. Los cálculos de la industria automotriz mexicana era que este país fue inundado durante los peores años con unos 2 millones a 2.5 millones de unidades, más del doble de las ventas internas.

Y es que después del populismo de Fox, afortunadamente el gobierno de su sucesor intentó al menos poner un freno a esta importación indiscriminada de vehículos.

Durante el verano pasado se pusieron reglas ambientales más estrictas y se aplicaron más impuestos a la importación. Sin embargo, los que lucran con esta importación se encargaron de darle la vuelta a esta disposición usando una de las figuras jurídicas más prostituidas en nuestro país: el amparo.

Entonces, ¿cuál podría ser una buena estrategia del gobierno federal para mantener la tradición de buscar adeptos políticos a través de los autos sin afectar más a la industria nacional?

Pues una estrategia sencilla, reunir a los fabricantes, distribuidores, aseguradoras, bancos, autoridades locales y federales y aplicar algún esquema como el Buen Fin que viene, donde todos pongan algo de su parte.

Por ejemplo, descuentos buenos por parte de las armadoras, combinado con un subsidio al impuesto de autos nuevos, seguros a precios atractivos, financiamientos a tasas accesibles y algo más como placas gratis o un peluche gratis para el tablero, lo que sea.

Puede funcionar por el simple hecho de generar una expectativa positiva, porque se hable del tema y porque a los mexicanos nos encantan las ofertas.

La industria automotriz podría sacrificar algún margen de ganancias teniendo como pago el desplazamiento de inventarios y el combate a las importaciones de autos viejos.

Mismo caso para aseguradoras y bancos. Y para el gobierno podría haber un agradecimiento en las urnas. Porque aquí hay dos promesas sin cumplir, bocho en la puerta y pagar la mensualidad del coche con un salario de 6,000 pesos.

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