Esta semana pude disfrutar una vez más de una de las regiones más espectaculares de nuestro país: la Sierra Tarahumara en Chihuahua. Sus montañas rocosas, sus diferentes tonalidades de verde después de la lluvia y la alfombra de flores amarillas que tapiza los campos. Tuve la gran fortuna de convivir con niños y jóvenes rarámuri que todos los días recorren horas de camino para poder ir a la escuela o que tienen que abandonar a sus familias para poder continuar sus estudios. Tuve la suerte de conocer a un gran maestro: el maestro Jaime. Sin embargo, también sentí que me había transportado al pasado; que estas comunidades habían escapado del proceso de desarrollo de nuestro país.

Las circunstancias en las que habitan tanta belleza natural y humana son desoladoras. Son comunidades rurales, muy pobres. Están alejadas de las ciudades, mal comunicadas. No hay señal de teléfono y mucho menos de Internet. Las escuelas sí tienen piso firme, algunas tienen baño; otras, letrina. Los jóvenes tienen que acarrear el agua a su escuela. Agua, por cierto, no potable de la que beben. Hay escuelas sin profesores. Profesores sin plaza. Profesores que no reciben su salario y abandonan las escuelas. Salones vacíos, ningún rastro o evidencia del aprendizaje de los jóvenes. Directores de bachillerato que son director, profesor de primer año, segundo año y tercer año de bachillerato, todo al mismo tiempo. Bachilleratos que se habilitan en la bodega de una secundaria. Bachilleratos que no han recibido los libros de la Secretaría de Educación Pública con los que deben trabajar los jóvenes por que están en una bodega en la capital del estado y algún burócrata no los ha enviado a las escuelas. Albergues con ventanas rotas y sin cobijas en buen estado. Cocinas de albergues sin utensilios para cocinar. Envíos de provisiones a los albergues que incluyen cartones de huevos podridos. Escuelas vecinas de propiedades donde viven sicarios. Desolador.

En medio de este contexto, la curiosidad me llevó a un salón, el de 2 o A. Música de fondo. Un mapa del mundo pintado por el profesor y los alumnos en la pared del salón. Libros apilados en el estante, en las bancas de los niños. Evidencias del aprendizaje de los niños colgadas en las paredes. Jóvenes colaborando en la creación de poesía. Disfrutando. Al frente, el maestro Jaime, que conoce la historia de cada uno de sus alumnos, que sabe de los dolores de cada uno de ellos. Que se preocupa cuando uno de ellos no viene a la escuela y lo va a buscar hasta su comunidad para que regrese. Que conoce las fortalezas de cada uno de ellos y se las reconoce. Que ha logrado que a sus alumnos les gusten las matemáticas. Que en cada oportunidad transmite con el ejemplo lo que significa el compromiso, la vocación y el esfuerzo de la manera más cálida posible. Que compra el material que se requiere con su propio dinero para sus estudiantes. Que desempolva computadoras arrumbadas en la bodega y las arregla con sus propios recursos para que los jóvenes las puedan utilizar, aunque él no sabe cómo.

El maestro Jaime es un gran maestro que está en riesgo de perder su trabajo porque no pasó la evaluación, entre otras cosas, porque nunca había usado una computadora. Estos jóvenes no pueden perder a Jaime. ¿Cómo toma en cuenta la evaluación de los maestros el contexto en el que trabajan?

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