A todos nos ha pasado más de una vez: estamos muy tranquilos viviendo nuestro día cuando de pronto sentimos una ligera molestia, tal vez una irritación en la garganta o un leve dolor estomacal. Casi sin darnos cuenta esto se convierte en una tos o un dolor más agudo; empiezas a irritarte, molesto por el dolor de huesos y un ligero, pero nada agradable, aumento en tu temperatura corporal. “Es oficial –piensas– estoy enfermo”. Si tú eres de los que se cuestiona todo tal vez te preguntes qué es exactamente lo que te hace no tener ganas de nada que no sea meterse a la cama y dormir, es muy probable que llegues a la conclusión de que es el bicho que te invade recorriendo el interior de tu cuerpo, haciendo de las suyas.

Eso es lo que yo pensaba, y estaba, básicamente, muy equivocado. Cuando contraemos una infección, como una gripe o bacteria patógena, el microbio invade nuestras células y se empieza a reproducir, matando nuestras células en el camino; al hacerlo desata una de las reacciones más violentas y complejas de nuestro organismo: la respuesta inmune, y su primera línea de ataque son los macrófagos (del griego para grande y comer), enormes células blancas que ingieren tanto los virus como las células infectadas. Posteriormente empiezan a producir una serie de proteínas llamadas citoquinas, principalmente para actuar como un grito de ayuda en busca de refuerzos.

Si este primer ataque tiene éxito tu cuerpo habrá exterminado al ejército invasor sin que tú sintieras la más mínima molestia. Cuando no es así y el virus tiene tiempo de reproducirse puede llegar a tu torrente sanguíneo e incluso alcanzar algún órgano de su preferencia. En ese caso la siguiente línea de batalla incluye a tu cerebro y sistema nervioso central, donde se originan realmente todas las molestias que te tienen tirado en cama, sin hambre ni apenas ganas de vivir. Los macrófagos siguen produciendo citoquinas, estas estimulan el nervio vago para informar al cerebro de la situación, y en el camino estimulan un importante centro del dolor.

Las citoquinas siguen su camino hacia el hipotálamo, que gobierna básicamente todo en nuestro organismo, y este produce una prostaglandina, la E2, que pone a tu cuerpo en modo ataque absoluto; sube el termostato corporal al máximo y hace que tus músculos se contraigan provocando dolor en las articulaciones y músculos, al tiempo que desaparecen la sed y el apetito. Todo esto (eso creemos, aún no estamos 100% seguros) es con la finalidad de permitir al organismo mayor capacidad de maniobra para deshacerse de los invasores.

La fiebre retrasa el ciclo de vida de las bacterias y algunos virus, lo que da más tiempo al sistema inmune para eliminarlos, mientras que el sueño nos ayuda a echar mano de una reserva aún mayor de energía. Perdemos el apetito porque el hígado necesita estar libre para reabsorber el hierro de la sangre, lo que literalmente mata de hambre a las bacterias.

Las citoquinas y la prostaglandina pueden viajar hacia otros órganos, como el cerebro, donde su presencia irrumpe en los procesos normales del órgano e impiden el correcto flujo de neurotransmisores, y pueden también afectar a tu sistema límbico. Esto ocasiona tu malestar general al tiempo que aumenta los dolores musculares y de articulaciones porque se ha interrumpido el ciclo de la dopamina, que es lo que te quita el dolor, mientras que al mismo tiempo te vuelve irritable, desorientado, y puede llegar a ponerte triste o deprimido.

Usualmente el dolor es una llamada de atención de nuestro cuerpo hacia heridas u otros factores que le pueden ocasionar algún daño, pero en este caso todo el dolor y malestar no son sino parte normal de su funcionamiento. La próxima vez que empieces a sentirte enfermo, piensa que sólo es tu cuerpo en uno de sus momentos más gloriosos, eliminando por sí sólo al organismo invasor; comprobando una vez más la maravillosa maquinaria que es, puesta a punto por cientos de millones de años de evolución ¡y es todo tuyo!

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Ramón Martínez Leyva

Ingeniero

Un pálido punto azul

Es ingeniero en Sistemas Computacionales. Sus áreas de conocimiento son tecnologías, ciencia y medio ambiente.

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