Cómo quisiera dejar volar las ideas y desde su lado luminoso imaginar un mundo con nueva arquitectura, educación de vanguardia personalizada, cercanía virtual y contactos físicos sólo por el placer de vernos, no por el placer de sentirnos en un vagón del metro. Quisiera imaginar, como Calvino, una, dos, veinticinco ciudades con arreglos diferentes, puertas de cristal y miradores en las alturas, para ver cómo es el mundo abajo, sin nosotros.

Pero el lado luminoso aún no tiene asidero. No encuentro anclajes para jugar con un futuro post (o con) coronavirus. ¿Lo de los osos? No, olvídenlo. El ingreso de los osos a las casas en Monterrey, las visitas de pingüinos a museos  y la imagen bucólica del venado brincando en la Mazatlán sólo enternecen porque están aisladas: mientras el animalito brinca, las personas se quedan sin trabajo y sin libertades.

La tragedia económica (ésta, por supuesto) es el costo de la pandemia, pero la pérdida de las libertades es responsabilidad de todos y no es necesario dejar volar la imaginación: ya le abrimos la puerta al monstruo devorador que vive en todos los palacios, con la excusa del miedo a la pandemia. El mundo post covid puede ser un mundo de gobiernos autoritarios. Con todas sus fallas y todos sus costos, pero además, autoritarios. Ese es el monstruo que ya dejamos entrar.

¿O de qué otra manera leen el esfuerzo reciente de Miguel Barbosa por tomar control del sistema educativo privado en Puebla? No le bastaba un acuerdo con ese sector, él quiso y puso una ley con carácter permanente para mandar sobre decisiones y reglamentos internos de las escuelas.

¿Y cómo leen la puerta que se le abrió a Javier Corral en Chihuahua, donde el Congreso aprobó transferencias presupuestales que escapan a la fiscalización habitual? No le dieron facultades para mover los billetes de un lado a otro como sí quiere en Palacio Nacional el Presidente de la República, pero le abrieron la puerta. Por la pandemia, claro. Claro. 

¿La militarización de la seguridad pública en qué camino está? En el mismo. La creación de la Guardia Nacional fue una bofetada a todos los esfuerzos por profesionalizar nuestros sistemas de seguridad, pero el debate que generó al menos detuvo la entrada completa del ejército… hasta que llegó el coronavirus y el Ejecutivo se sacó de la manga un decreto. Por la pandemia, claro.

¿Las cuatro conferencias diarias para qué son? No me digan que creen que son para informar a la población sobre cuántos muertos hay y cuántos enfermos llevamos, porque eso, ya nos dijo el sub, no lo sabemos aunque todos los días muestre cifras a colores. No, esas conferencias diarias son propaganda y control del altavoz, dos herramientas nocivas para la democracia y la deliberación. Pero es que la pandemia obliga al sub, claro. La pandemia.

En situaciones críticas, el gobierno necesita flexibilidad (qué controles ni qué nada, qué garantías ni qué ocho cuartos) para imponer medidas difíciles. Sin embargo, eso no significa que no necesitemos oposición, contrapesos o prensa libre ¡Al contrario! Más que nunca necesitamos gobiernos nacionales y subnacionales vigilados y vigilantes de los valores democráticos, pues necesitamos asumir costos más altos que nunca. ¿Y quién va a tomar la decisión? Decisiones sobre la muerte, sobre nuestras libertades. ¿Quién? El monstruo al que le abrimos la puerta, en la voz de un solo hombre. 

Twitter: @ivabelle_a

Ivabelle Arroyo

Politóloga

La Sopa

Ivabelle Arroyo Ulloa es politóloga y analista, con 24 años de trayectoria periodística. Es jurado del Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter en México. Dirige una revista digital sobre política capitalina y escribe para medios jaliscienses.