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Opinión

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El futuro de la reforma fiscal de Trump

Eduardo Revilla

Desde el inicio de su gobierno, Donald Trump anunció una profunda reforma fiscal, la que —finalmente aprobada el pasado diciembre— no dudó en calificar frente a su Congreso, como la más importante en la historia de Estados Unidos (EU). La verdad es que esto puede no ser así.

Durante la discusión bicameral, se incorporaron algunas propuestas republicanas y otras tantas fueron desechadas, tales como la del impuesto de ajuste fronterizo (BAT, por su sigla en inglés) que habría inhibido las importaciones de insumos y productos mexicanos, la de establecer un sistema territorial en el Impuesto sobre la Renta (ISR), la que desempolvaba de nuevo al flat tax, o la que eliminaba el impuesto a las herencias. El resultado final fue una mezcla de varios paquetes legislativos en torno a la enmienda principal de bajar la tasa del ISR corporativo a 21 por ciento.

Adicionalmente, las empresas estadounidenses no pagarán ISR por dividendos que perciban de subsidiarias extranjeras, gozarán de mecanismos de repatriación de capitales (incluyendo la disminución de tasas para ingresos diferidos en corporaciones extranjeras controladas) y quedarán relevadas —en el futuro— del impuesto mínimo alternativo (que aseguraba recaudación del ISR cuando las empresas se beneficiaban en demasía de estímulos fiscales). El resultado: el régimen fiscal de las empresas en EU —ahora— uno de baja imposición fiscal. Tras batallar por años en contra de los paraísos fiscales, finalmente EU se ha convertido en uno (lo que, combinado con la ausencia de un ISR corporativo en algunos estados, hará a muchas empresas americanas blanco de la legislación contra paraísos fiscales de países de la OCDE, México incluido).

Para las personas físicas, se ajustaron los estratos de la tarifa para gravar a 37% a quienes ganan más de 50,000 dólares anuales. Para estos contribuyentes se eliminarán —paulatinamente— algunas deducciones personales, aunque aumentó sustancialmente la deducción estándar de 12,000 a 24,000 dólares anuales y se duplicó la exención del impuesto a herencias, beneficiando así a las clases más bajas.

Un tema debatido fue la desaparición de la deducción del pago del ISR estatal. Como sabemos, muchos estados tienen un ISR a nivel local elevado, como California, Nueva Jersey, Vermont o Nueva York y otros, como Texas, Florida, Utah o Nevada que no lo tienen, o lo tienen a niveles bajos. La eliminación de esta deducción generará en aquellos estados de corte Demócrata esquemas de doble tributación.

La diferencia de 16 puntos entre la tasa individual y la corporativa generará arbitrajes para reducir la carga fiscal. Igualmente, la doble tributación producirá movilidad artificiosa de grupos corporativos dentro de EU para aprovechar regímenes fiscales preferentes a nivel federal y estatal, situaciones éstas que impactarán en la recaudación del ISR (en adición a la caída natural de ingresos fiscales por la disminución de la tasa corporativa).

La reforma de Trump —confeccionada para sus empresas y votantes— descansa en la optimista premisa de que la baja del ISR corporativo hará que las empresas cuenten con excedentes para incrementar salarios a sus trabajadores o para reinversión, lo que detonaría crecimiento económico. La apuesta es muy riesgosa dada la necesidad de eliminar un déficit presupuestal de 1.3 billones de dólares en 10 años. Ya veremos.

Eduardo Revilla

Eduardo Revilla. Abogado por la Escuela Libre de Derecho. Presidente de la Comisión de Impuestos de la International Chamber of Commerce (ICC México). Fue Director General de Asuntos Fiscales Internacionales de la SHCP. Ha sido profesor de Derecho Fiscal por más de 30 años en diversas universidades.

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