Algunos de los que vieron la entrevista de Stormy Daniels en el programa de televisión 60 Minutes afirmaron que no aportó nada nuevo.

En cadena nacional, la actriz de cine porno señaló que Donald Trump tuvo una aventura extramatrimonial con ella, que sus secuaces abogados la amenazaron para impedirle que hiciera la revelación de manera pública y que Trump estimó el valor de su silencio en 130,000 dólares para que no le afectara su campaña electoral que lo llevaría a la Casa Blanca.

Los estadounidenses que consideran que el contenido de la entrevista no aportó nada especial se han perdido un momento cultural extraordinario.

Si bien es cierto que las palabras de Daniels son negadas por la Casa Blanca, ¿quién en su sano juicio confiaría en las palabras de Trump? En este caso, la estrella porno tiene más credibilidad que el presidente de los Estados Unidos.

Trump parece considerar a las mujeres bellas como beneficio laboral de los hombres ricos y poderosos; las modelos de Playboy y las estrellas porno pertenecen a la misma categoría de un jet privado o de los muebles de baños de lujo. En el mundo de las celebridades, esto no es una sorpresa.

Un número importantes de estadounidenses desearían tener el éxito de un deportista consagrado o una estrella de rock; se trata del legado ético de Ian Fleming y Hugh Hefner.

Este tipo de escándalos demuestra por qué es muy importante el carácter en política.

Trump se siente exento de toda regla de honestidad y decencia. Él juega en las fronteras de la ética y de la legalidad.

Trump obliga a todos los que se encuentran a su alrededor a convertirse en cómplices de su corrupción, así, nos quedamos en un profundo vacío de integridad en el corazón de nuestro gobierno.

Donald Trump no puede esperar que la estrella porno diga que él es un hombre maravilloso. Ésta es la extraña e inesperada aportación de Stormy Daniels.