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Opinión

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De las telenovelas a la pornografía: México alimenta a una industria que representa billones de dólares a nivel mundial

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Según los últimos datos arrojados por el sitio PornHub (el más grande del mundo), los usuarios mexicanos son los quintos que más tráfico le generan a esa página web. Solo por debajo de Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Japón.

Desde una perspectiva meramente monetaria, la industria de la pornografía contribuye significativamente a la economía mundial y genera ingresos de miles de millones de dólares cada año. Adicionalmente, brinda oportunidades de empleo a muchas personas, desde actores y actrices hasta productores y distribuidores. Además, el ramo genera importantes ingresos a través de la venta y distribución de contenido, lo cual apoya a su vez a otras industrias como la tecnología y el marketing.

Algunas estimaciones sugieren que el negocio de la pornografía genera más de 100,000 millones de dólares en ingresos anualmente, lo que la convierte en una de las industrias de “entretenimiento” más grandes del planeta. Es imposible negar que el atractivo de la pornografía tiene sus raíces en el deseo humano básico de gratificación sexual. Y mientras exista ese deseo, habrá una demanda por el contenido. La mayor parte de los ingresos proviene del contenido en línea, el cual ha crecido rápidamente durante los últimos años debido a la disponibilidad generalizada de acceso a internet de alta velocidad.

Aparentemente, la globalización y la pornografía son dos fenómenos independientes y no relacionados. Pero ese juicio es falso. Los avances de la tecnología de la comunicación han hecho que el producto sea accesible casi para todos, en todo el mundo -incluidos niños y adolescentes-, y desde cualquier dispositivo conectado a la red. De la misma manera que la globalización es un fenómeno de la civilización -y cómo tal- es incontenible e imparable, intentar prohibir el contenido de la pornografía resultaría imposible y los esfuerzos serían en vano. 

Los argumentos a favor de la libertad de expresión sobre los cuales se sostiene la legalidad de la industria, se centran en la idea de la libertad personal y el derecho a expresarse sexualmente. Algunos “sexólogos” argumentan que la pornografía puede ser una forma saludable de explorar y expresar la sexualidad, incluso una forma de “arte”. Y en ese orden, que los adultos deben tener derecho a consumir y crear contenido de dicho tipo si así lo deciden.

Sin embargo, la disponibilidad generalizada de pornografía por conducto de la globalización ha generado preocupaciones sobre la cosificación y explotación de mujeres, niñas y niños. También, el fenómeno se ha relacionado con el tráfico sexual y la explotación de personas en situación de vulnerabilidad. La normalización de los contenidos también ha llevado a un aumento significativo de comportamientos sexuales nocivos, lo que puede conducir a un aumento de la violencia y el abuso sexual. (Un terrible botón de muestra, quizás extremo, fue el del multihomicida Ted Bundy. Al respecto, vease el documental de Netflix, Conversations of a killer: The Ted Bundy Tapes, y de cómo su afición adolescente por la pornografía se convirtio en “una bola de nieve, imposible de parar” -en sus palabras-). 

El Dr. Norman Doidge, psiquiatra y autor del libro The Brain That Changes Itself, un New York Times bestseller, explica: “La pornografía satisface todos los requisitos previos para el cambio neuroplástico. Cuando los creadores se jactan de que están superando los límites al introducir nuevos “temas” o “fetiches”, lo que no dicen es que se han encontrado obligados a hacerlo, porque los usuarios están desarrollando una tolerancia al contenido.”

Ahora que México se convirtió en una de las principales naciones consumidoras de pornografía, ciertamente estamos muy retrasados en la discusión sobre su impacto sobre la salud mental.

Durante años, se han implementado medidas para proteger a los actores y actrices. Ello, toda vez que la industria se ha asociado históricamente con la delincuencia organizada -la mafia la controló en Estados Unidos durante décadas-, caracterizada siempre  por los altos niveles de explotación, abuso y maltrato.

Aunque los productores y distribuidores tienen la obligación legal de proteger a los intérpretes de la explotación y el abuso, los esfuerzos se han quedado muy cortos, (vea la película sueca Pleasure del director Ninja Thyberg, para entender de lo que se habla). Sobre el tema, abundan cantidad de testimonios francamente desgarradores. 

Un argumento común es que los actores son "adultos que consienten lo que hacen." Sin embargo, la línea entre el abuso y el consentimiento es tan delgada que el principio enunciado no evita que existan las más brutales vejaciones imaginables. Cualquier esfuerzo por retratarlas en un artículo se quedaría corto con la realidad. Muchos de los actores y actrices han sido obligados a participar y a mentir sobre sus experiencias en el set. Asimismo,  los consumidores no necesariamente saben qué es lo que verdaderamente están viendo. Tampoco es de extrañar que una víctima abusada, que ha sido presionada demasiado durante una filmación legal, pueda tener miedo de hablar por quedarse sin trabajo, o por ser “vetada” por las productoras. (Tome usted en consideración que aquí solamente se está hablando de la “parte legal” de la industria). 

En 2020, una veintena de mujeres ganaron una ardua batalla legal contra los propietarios de GirsDoPorn, una productora legalmente establecida y muy popular que traficaba sexualmente con mujeres. Los propietarios fueron acusados de cargos federales de tráfico sexual, encarcelados y obligados a eliminar la página de internet. Pero “una vez sale el genio de la botella, jamás puedes volverlo a meter adentro”. Y así ha pasado con los contenidos en internet.

A pesar de los esfuerzos legales, otros sitios pornográficos continuaron beneficiándose de las imágenes de las víctimas de tráfico sexual. ¿Valdrá la pena arriesgar la posibilidad de contribuir a la explotación de alguien?

Pero al recuento de las terribles ilegalidades que se describen -de una manera breve y muy general-, cabe agregar lo que sucede en las entrañas de esa industria. Y además, cabe hacer referencia a otro aspecto que para muchos observadores sería completamente inesperado: el daño para el consumidor. 

Varios estudios recientemente publicados han encontrado un vínculo entre el consumo de pornografía (una lectura recomendada al respecto es Your Brain On Porn: Internet Pornography and the Emerging Science of Addiction del doctor Gary Wilson) y problemas de salud mental como: depresión, ansiedad, soledad, menor satisfacción con la vida, mala autoestima y otros problemas de salud mental, como la adicción.

La razón por la cual el gremio del “entretenimiento para adultos” no se preocupa por el daño a la salud mental de los usuarios es evidente. Operan con un modelo de negocio que se basa en la demanda de los consumidores. Para decirlo de una manera coloquial: lo que les interesa es vender y punto. Los productores y distribuidores simplemente no están motivados para implementar medidas que podrían reducir las visitas o limitar el acceso de los consumidores (en este sentido, resulta muy revelador el documental de Netflix Money Shot: The pornhub story para ilustrar cómo obtienen sus ganancias. Se trata de un modelo francamente perverso en el cual el contenido es gratuito para el consumidor, en razón de que viven de la publicidad).

Nicholas Kristof, un periodista galardonado con el premio Pulitzer, escribió recientemente un interesante y desgarrador recuento en el New York Times titulado The Children of Pornhub, en el cual detalla el caso de Serena Fleites -una niña de 14 años-. Cómo muchas muchachas de su edad sostenía una relación amorosa con un chico mayor -de 15 años-. Y este le pidió que le enviara videos de ella, sin esperar que terminarían en varios de los sitios pornográficos más populares del mundo.

Cuando los niños de su escuela comenzaron a bulearla y a llamarla "zorra", se dio cuenta: los videos se habían compartido y ella no tenía control sobre su difusión. Según Kristof, uno de los videos, que se había publicado en Pornhub, tenía cientos de miles de visitas (Pornhub monetiza su contenido por el número de vistas que tiene un video o una imagen). Abrumada y en agonía, Serena intentó dos veces quitarse la vida.

Lo que sucedió después muestra la absoluta falta de interés de Pornhub para ayudarla. El sitio ignoró repetidamente sus súplicas para eliminar el contenido no-consensuado. Lamentablemente, el referido no es un caso aislado. Y el caso derivó en una demanda colectiva de varias niñas y mujeres cuyas experiencias personales resonaron con la de Serena.

Los hechos relatados son inaceptables y punibles por donde se les quiera ver. Muchos sitios no sólo omiten dolosamente proteger a sus proveedores de contenido, sino que mienten a los usuarios (o más bien, respecto de la violación de los derechos en que se apoyan legalmente para operar). Los datos son alarmantes: la mayoría de los niños están expuestos a la pornografía desde los 13 años: un 84,4 % de los hombres y un 57 % de las mujeres de entre 14 y 18 años ya han visto pornografía.

Resulta paradójico que en México, los sitios web que difunden material que muestra sexo puramente instintivo y animal (muchas veces violento) no tengan contención. Y de hecho, no enriquecen la vida emocional, ni exaltan a la mujer, ni tampoco estrechan la relación de pareja y no tienen activados mecanismos eficazes para restringir el acceso a la pornografía para usuarios menores de edad. En algunos países los usuarios enfrentan leyes que los obligan a una verificación de edad antes de acceder a contenido para adultos. Para ahorrar, invertir o realizar algunas actividades financieras que sí reportan un beneficio social, las autoridades mexicanas solicitan a los proveedores de esos servicios identificar a sus clientes hasta con mecanismos biométricos. Pero expuesto lo anterior cabe preguntarse: ¿dónde han quedado las prioridades de las autoridades en este país?

La pornografía, en vez de liberar al hombre o a la mujer de la soledad, pasado el acto perentorio y fugaz del acto sexual, los devuelve a ella. Con una inevitable sensación de absoluta tristeza, fracaso y frustración. 

A pesar de sostenerse legalmente en la “libertad de expresión”, y a diferencia del arte o el erotismo, resulta un engaño sostener que se trata de una manifestación artística de rebeldía contra las normas establecidas por la sociedad por seres incomprendidos, a manera de protesta social. 

En nuestros días el consumo masivo de alcohol, mariguana, cocaína, éxtasis, crack, heroína, y -por qué no decirlo- de pornografía, responde -más bien- a un entorno social que empuja a hombres y mujeres en la búsqueda de placeres fáciles y rápidos. Placeres que falsamente los inmunizan  contra la preocupación y la responsabilidad, y el encuentro consigo mismos a través de la reflexión, el autoconocimiento y la introspección. 

Resulta algo muy adhoc con una sociedad que privilegia el ingenio sobre la inteligencia, las representaciones visuales, sobre las ideas. Se trata de un “baño de imágenes” y una entrega sumisa a unas emociones y sensaciones falsas, engañosas y frívolas desatadas por un bombardeo inusitado y en ocasiones violento de escenificaciones burdas, que aunque captura la atención por su naturaleza primaria y pasajera, embotan la sensibilidad y el intelecto del público. Milagros en el campo de la simulación y la fantasía visuales. Cómo antes lo hacían las telenovelas, guardadas las respectivas proporciones, -claro está-. Me quedo mejor con Muchachitas.

En última instancia, la relación entre la pornografía y la sociedad es compleja y multifacética. Y claramente, no existe una solución fácil -o única- para los desafíos planteados. Sin embargo, las autoridades mexicanas ya se han tardado en limitar el acceso a este tipo de contenidos para niños y adolescentes mediante mecanismos estrictos de control para comprobar la mayoría de edad. A final de cuentas, es su responsabilidad -adicional a la de los padres-, cuidar la salud mental y velar por el sano desarrollo de los niños y niñas, que encarnan el futuro de este país.

Twitter: @EduardoTurrentM

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