El gobierno de la 4T también desprecia al crecimiento económico, igual que desprecia la cultura, la ciencia, las instituciones, y el medio ambiente. No sabemos si lo hace en una contorsión declarativa para justificar ineptitudes, o por pura y dura ignorancia. El crecimiento económico no sólo implica el crecimiento en el ingreso de una sociedad, sino que va de la mano de la difusión de nuevas tecnologías, de modernización, y de cambios institucionales, económicos y sociales que afianzan la libertad y oportunidades para todos, ofrecen mayor disponibilidad de empleos y mejores salarios, y abren el campo de acción para la iniciativa empresarial e individual. El crecimiento económico posibilita igualmente mayores recursos fiscales capaces de financiar más bienes públicos y de mejor calidad, y permite emprender políticas redistributivas del ingreso para reducir aún más la pobreza y la desigualdad. Es por ello que existe una relación muy estrecha entre el crecimiento económico y los niveles de ingreso per cápita, con el bienestar social. De hecho, la correlación entre el Índice de Desarrollo Humano (IDH) publicado esta semana por el PNUD con el PIB per cápita para 155 países es asombrosa: 0.944. Obviamente la relevancia del PIB como medida de progreso y prosperidad es casi inapelable. A su vez, el crecimiento económico y el nivel de ingreso per cápita (como PIB/PC) dependen de instituciones inclusivas y eficientes, una mayor productividad, imperio de la ley, mercados competitivos, educación de calidad, confianza, políticas fiscales y monetarias sensatas, y con frecuencia de políticas industriales inteligentes y visionarias. Todo ello, en el contexto de un proceso pleno de urbanización. En la realidad, el mejor predictor de los niveles de ingreso y de bienestar de una sociedad es la proporción de la población que vive en ciudades, (https://paulromer.net/urbanization-passes-the-pritchett-test/). La correlación entre el IDH y el nivel de urbanización es notablemente elevada (0.713) sobre todo para una base de datos de sección cruzada. Los países más pobres y con menores índices de desarrollo humano son aquellos con una alta proporción de población rural, y viceversa.

No sólo eso, la sustentabilidad ambiental o desempeño ambiental de los países se correlaciona fuertemente con su PIB/PC (0.854) medido lo primero por medio del Environmental Performance Index (EPI) desarrollado por la Universidad de Yale. Por tanto, igualmente, la correlación es muy considerable entre el PIB/PC y los porcentajes de población urbana (0.755). También aquí, es clara la influencia mutuamente virtuosa entre el crecimiento económico que lleva a altos niveles de ingreso, la urbanización, y las condiciones ambientales de los países. Esto a partir de nuevas preferencias sociales y cultura, instituciones sólidas, e ingresos más altos que permiten financiar la conservación de la biodiversidad y el capital natural, así como la modernización tecnológica, e infraestructura ambiental destinada a mejorar la calidad del agua, aire y suelo. Tal vez la única excepción sea la emisión de gases de efecto invernadero.

El gobierno de México va a contracorriente de estas causalidades. Inhibe el crecimiento económico, destruye instituciones y capital social, desvía masivamente recursos del erario a subsidios clientelares y a proyectos improductivos y absurdos, promueve la permanencia de la población pobre en el campo con subvenciones directas impidiendo la urbanización, desmantela servicios públicos de salud (Seguro Popular, Fondo para Enfermedades Catastróficas), socava la calidad de la educación entregándola a mafias sindicales, pervierte la política de ciencia y tecnología, y desmantela al sector ambiental en la administración pública.

Gabriel Quadri de la Torre

Ingeniero Civil y Economista

Verde en Serio

Político, ecologista liberal e investigador mexicano, ha fungido como funcionario público y activista en el sector privado. Fue candidato del partido Nueva Alianza a Presidente de México en las elecciones de 2012.