Como cualquiera puede darse cuenta, el ejército estadounidense no está al borde de un colapso interno y, mucho menos, está en preparativos para dar un golpe de Estado. Sin embargo, antes de que manifestantes equipados con chalecos antibalas, pistolas paralizantes y bridas rompieran las puertas de acceso e irrumpieran en el recinto, pocos pudieron prever los disturbios ocurridos en el Capitolio en Washington.

NUEVA YORK Aunque no pueda decirse que la influencia actual de León Trotsky es masiva, las tácticas revolucionarias que inventó se siguen usando, y no solamente dentro del comunismo o en la Rusia de hoy (donde se las denomina “tecnología política”). Una de ellas, el llamado “entrismo” (cuando miembros de un grupo extremista ingresan a una organización más poderosa, la subvierten y finalmente, tras controlarla, la usan como arma política) tiene adherentes en los grupos de ultraderecha en los Estados Unidos. Su objetivo: las fuerzas armadas.

El 6 de enero pasado, Estados Unidos tuvo un atisbo del grado de la infiltración. De los cientos de simpatizantes del expresidente Donald Trump que asaltaron el Capitolio de los Estados Unidos tratando de impedir la certificación de la victoria electoral del presidente Joe Biden, alrededor del 15% fueron o son integrantes de las fuerzas armadas (cerca del 7% de los adultos estadounidenses son excombatientes). Según el Washington Post, unas 44 de las 380 personas acusadas de delitos federales por los disturbios están o estuvieron en las fuerzas armadas.

Frente a esta revelación, el secretario de defensa Lloyd Austin (general cuatro estrellas retirado, primer jefe afroamericano del Pentágono) puso manos a la obra. Apenas confirmada su designación, ordenó a las fuerzas armadas un “retiro” (stand down) de sesenta días, en el que casi todas las unidades tuvieron que mantener sesiones para analizar la presencia interna de extremistas y supremacistas blancos.

Terminado ya el proceso, el Pentágono ordenó una serie de “cambios inmediatos”, que incluyen mejorar la búsqueda de información (para discernir el alcance del problema) y actualizar las instrucciones referidas a la transición a la vida civil (para advertir al personal que se va de baja de los peligros que plantean los grupos extremistas). Se ha creado además una comisión encargada de supervisar la implementación y delinear un plan hacia objetivos intermedios y de largo alcance.

Pero esto es sólo el comienzo. Como sin duda Austin sabe, erradicar el extremismo de las fuerzas armadas estadounidenses será una batalla cuesta arriba. Hace poco anduve en auto por la costa oriental del estado de Maryland (un enclave conservador, donde viven muchos policías y militares retirados y en actividad) y me sorprendió advertir que en más o menos una de cada tres casas ondeaba una bandera pro‑Trump.

Es imposible separar al expresidente de la mescolanza de supremacismo blanco, desprecio del estado de derecho y autoritarismo nacionalista que anima a grupos extremistas de ultraderecha como Proud Boys, Oath Keepers y Three Percenters. Estos le dieron todo su apoyo, y el expresidente les hablaba en código (y a veces, también en forma más explícita).

Las pruebas de “entrismo” de ultraderecha en las fuerzas armadas superan lo anecdótico. Además de lo que salió a la luz tras los disturbios en el Capitolio, más de un tercio de los soldados en actividad y más de la mitad de los pertenecientes a minorías han sido testigos directos de muestras de nacionalismo blanco o ideología racista en sus unidades.

Peor aún, hay razones para temer que el “entrismo” haya llegado a la cima de la jerarquía. Para empezar, una de las figuras más destacadas que reclamó anular la victoria electoral de Biden fue el teniente general Michael Flynn (ex asesor de seguridad nacional de Trump y beneficiario de uno de sus indultos tras la condena que recibió por declaraciones falsas al FBI).

Otro hecho más preocupante es que el hermano de Flynn (teniente general Charles Flynn) estuvo presente durante una importante conversación telefónica en la que en pleno ataque al Capitolio, policías a cargo de la seguridad del edificio y funcionarios de Washington demandaron al Pentágono el envío de la Guardia Nacional (contra la renuencia de los altos mandos militares). El ejército negó durante varios días que Flynn estuviera presente durante la llamada.

El peligro del “entrismo” no se puede tomar a la ligera. La idea de Trotsky fue infiltrar el ejército zarista con cuadros revolucionarios para sembrar agitación y romper la cadena de mando. Cuando la Revolución Bolchevique dio paso a la Unión Soviética, Trotsky se convirtió en fundador y jefe del nuevo Ejército Rojo.

Este tal vez haya sido el máximo triunfo del “entrismo” pero no fue el único. Como demuestra el historiador Paul Jankowski, una década antes del inicio oficial de la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico, pequeñas células ultranacionalistas habían quebrado la disciplina en las fuerzas armadas japonesas. Muchas de ellas seguían al predicador radical budista Nisshō Inoue.

El grupo de Nisshō, llamado Ketsumeidan (Liga de la Hermandad de la Sangre), orquestó el asesinato del ministro de finanzas Junnosuke Inoue y del director general del conglomerado Mitsui, Dan Takuma, en 1932. La campaña de asesinatos también se cobró la vida del primer ministro Inukai Tsuyoshi, y de muchos ministros y dirigentes empresariales a los que se consideró insuficientemente leales al imperialismo japonés. A continuación, el ejército japonés empezó a falsificar incidentes como excusa para adentrarse en territorio chino.

En Francia, oficiales contrarios a la retirada de su país de Argelia a fines de los cincuenta y principios de los sesenta crearon división interna en las fuerzas armadas. En 1958, cuando el gobierno francés trató de abrir negociaciones con el principal oponente (el Frente Argelino de Liberación Nacional), un grupo de oficiales organizó un golpe de Estado. En busca de salvación, la Cuarta República convocó al poder (tras doce años de ausencia) al general Charles de Gaulle, quien le puso fin, sustituyéndola por la actual Quinta República (dominada por el ejecutivo).

Pese a la popularidad de Charles de Gaulle, sus maniobras en favor de la independencia argelina generaron una segunda rebelión militar. La Organisation Armée Secrète (“ejército secreto”) inició una campaña terrorista en Francia en la que por poco no asesinó a De Gaulle. La OAS dejó en las fuerzas armadas francesas heridas que tardaron décadas en cicatrizar.

No hay motivos para creer que las fuerzas armadas estadounidenses estén al borde de la ruptura interna, y mucho menos preparando un golpe de Estado. Pero nadie se esperaba algo como el ataque al Capitolio, hasta que manifestantes pertrechados con chalecos antibalas, pistolas eléctricas y bridas de plástico (para tomar rehenes) irrumpieron en el edificio. Antes de que a Estados Unidos lo tomen por sorpresa otra vez, las autoridades deben actuar con decisión para erradicar el extremismo de las fuerzas armadas.

Además de las acciones previstas por el Pentágono, Austin debe exigir (y poner a disposición del público) una explicación transparente de las mentiras del ejército en relación con la participación de Charles Flynn en la conferencia telefónica del 6 de enero con la policía del Capitolio. Hoy Flynn comanda las fuerzas del ejército estadounidense en el Pacífico. Nadie que tenga vínculos con el extremismo puede ocupar un lugar de semejante importancia.

El autor

Nina L. Khrushcheva, profesora de Asuntos Internacionales en The New School, es coautora (con Jeffrey Tayler), más recientemente, de In Putin’s Footsteps: Searching for the Soul of an Empire Across Russia's Once Time Zones

Traducción

Esteban Flamini

Copyright: Project Syndicate, 2020

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