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Aznar, Maduro, Díaz-Canel: la política exterior sufre desasosiego
El nacionalismo une a los extremistas.
En el innecesario y absurdo pleito contra España desde Palacio Nacional se ha subido al cuadrilátero el expresidente José María Aznar, y lo ha hecho fiel a su estilo, ramplón, que es donde se siente más cómodo.
“200 años de la independencia de México, enhorabuena. Y ahora dice usted que España tiene que pedir perdón. Y usted, ¿cómo se llama? “Yo me llamo Andrés Manuel López Obrador” (Aplausos a Aznar durante un evento del Partido Popular).
“Andrés, ¿por parte de los aztecas?; Manuel, ¿por parte de los mayas? López, y Obrador, de Santander. Si no hubiesen pasado unas cosas, usted (López Obrador), no estaría ahí, ni se podría llamar como se llama, no podía haber sido bautizado, ni podría haberse producido la evangelización de América”. Más aplausos.
La competencia entre radicales nacionalistas siempre terminará mal y la conclusión será: “Pero yo soy más nacionalista que tú”.
Las reacciones gemelas de Santiago Abascal (del ultraderechista Vox) y ahora de Aznar (PP), dejan muy bien parado al presidente Pedro Sánchez. Su silencio es elocuente, inteligente y diplomático.
El presidente López Obrador ha encontrado material para sus mañaneras, estará contento porque por fin, alguien le respondió desde España. Aznar, es una figura decrépita, intelectualmente hablando, y fracasada,: mintió tras los ataques terroristas de Atocha, lo que se tradujo en la victoria del PSOE en las elecciones de 2004, y mintió en las Cortes al decir que apoyaría a Estados Unidos en su ataque contra Irak porque Sadam Husein tenía en su poder armas de destrucción masiva.
Por su parte, el presidente López Obrador, en su intento de obligar al gobierno de Pedro Sánchez a pedir perdón a México por lo ocurrido hace 500 años, pone en riesgo una de las relaciones más amistosas que puede tener nuestro país.
Al mismo tiempo, el presidente López Obrador se ve imposibilitado en el futuro a decir que su gobierno no es injerencista. Ser consistente es una virtud en época de la posverdad.
El PP y Vox han encontrado en el acercamiento del presidente de México a Cuba y Venezuela como un canal natural de crítica. Este escenario les permite caricaturizar al gobierno de México, pero sobre todo, han obtenido activos discursivos de uso doméstico.
El aterrizaje de Delcy Rodríguez (vicepresidenta de Venezuela) en el aeropuerto Barajas de Madrid, dejó mal parado al presidente Pedro Sánchez debido a que violó una sanción que le impuso la Unión Europea a Caracas. O qué decir de Podemos, un partido cuyos negocios de sus dirigentes han aterrizado en México.
La política exterior de México ha entrado en estados de confusión ideológica y de desasosiego debido a que no existe un plan geopolítico articulado desde Palacio Nacional.
La política exterior mexicana no es un referente moral en la región y mucho menos en el mundo, como lo mencionó el secretario Marcelo Ebrard. No puede generar empatía cuando el invitado estelar al desfile del 16 de septiembre, Díaz-Canel, es el mismo que mandó reprimir las manifestaciones prodemocracia en la isla hace un par de meses.
Ha habido detalles muy delicados que en una democracia madura no podrían ser pasados por alto.
El silencio del presidente López Obrador sobre el informe independiente sobre derechos humanos del área que encabeza Michelle Bachelet es de llamar la atención. El documento detalla las violaciones del gobierno de Nicolás Maduro, personaje que es señalado como posible autor de crímenes de lesa humanidad.
Algo más, el Senado y los diputados muestran con orgullo su ignorancia y desprecio sobre el tema. Así está México.
@faustopretelin

