En las bolsas de valores igual que en el hipódromo, la posibilidad de obtener un retorno jugoso atrae la codicia (y los recursos) de inversionistas dispuestos a tomar riesgos sin importar si tienen un interés genuino por la equitación o por los planes de negocio de las empresas.

En el hipódromo y en la Bolsa existen reglas que permiten a los apostadores e inversionistas administrar sus riesgos. Contar con información estandarizada, completa y oportuna sobre el historial de éxito y fracaso de empresas y caballos permite a los apostadores experimentados sopesar los riesgos y los premios. El flujo de dinero que aportan los apostadores permite a los empresarios arriesgarse a invertir en desarrollar nuevas ideas prometedoras, compartiendo la incertidumbre de ganar o perder.

El sistema favorece que surjan continuamente nuevos proyectos y que sobrevivan sólo los más exitosos. Los nuevos proyectos (o caballos) que no tienen éxito dejan de recibir recursos que son destinados a otros con mejores perspectivas.

El mismo principio que rige apuestas y valores se empieza a ensayar con éxito para financiar innovadores proyectos sociales y de mejora de servicios públicos en Reino Unido, Estados Unidos y Australia. En esos países se están desarrollando mercados para los llamados bonos de impacto social (BIS). Se trata de contratos tripartitas entre agencias de gobierno, inversionistas con fines de lucro y emprendedores en áreas tradicionalmente reservadas para el gobierno.

Los BIS están diseñados para financiar emprendedores que buscan formas más efectivas de alcanzar viejos objetivos sociales, como reducir la deserción escolar, mejorar la salud o lograr ahorros al reducir la reincidencia entre los ex convictos.

La mayor gracia de los BIS (también conocidos en Estados Unidos como: Pay for Success Bonds) es que pueden ser atractivos para inversionistas con fines de lucro sin importar su interés en las causas sociales. Los gobiernos se comprometen a devolver a los inversionistas su dinero con un retorno atractivo si y sólo si el proyecto demuestra tener el impacto estipulado. Como asumen el riesgo del fracaso, los inversionistas escogen con sumo cuidado los proyectos y vigilan su desempeño.

A la larga sobreviven los proyectos que valen la pena y el gobierno deja de apostar el dinero de los contribuyentes al caballo perdedor.

Así, la codicia y los apostadores pueden convertirse en aliados del desarrollo social.

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