En este 2016 tuvimos uno de los arranques de año más complicados que recuerdo para los mercados financieros nacionales e internacionales, debido a una serie de factores que si bien es cierto ya se conocían, como la actividad económica en China y la debacle en los precios del petróleo, la perspectiva de que el deterioro de ambos fuera mayor al esperado ocasionaron una fuerte volatilidad

En el caso de nuestro país, el tipo de cambio fue la variable que resintió con mayor severidad el incremento en la aversión al riesgo, de forma tal que la cotización alcanzó niveles superiores a 18.20 pesos por dólar, amenazando incluso con continuar el proceso de depreciación, siguiendo el curso del resto de las monedas de países emergentes.

Ante este escenario, la posición de quienes siguen el desempeño de los mercados financieros se ha polarizado, pudiéndose encontrar posiciones que sugieren que la economía mundial se enfila hacia una recesión más profunda que la del 2009 y quienes consideran que el entorno macroeconómico global se encuentra más sólido que hace ocho años, y que la tendencia será la de una mejoría gradual en este 2016.

Los argumentos que esgrimen quienes ven una situación de mayor vulnerabilidad en el 2016 se basan en algunos elementos que se empezaron a sumar desde diciembre del 2015, cuando la Fed decidió incrementar la tasa de interés de los bonos federales, y es que si la desaceleración del mundo, particularmente la de la economía china, continuara y esto llegara afectar el desempeño de Estados Unidos, la Reserva Federal tendría más restricciones en términos de otorgar cierto alivio a través de la política monetaria.

En este mismo orden de ideas, el gobierno estadounidense incurrió en un fuerte déficit fiscal para hacer frente al desplome de la economía en el 2009; no obstante, la herramienta fiscal, por lo abultado de la deuda también se encuentra limitado para impulsar el consumo.

De esta forma, la economía más grande del mundo se encontraría imposibilitada para hacer frente a una nueva recesión, por lo que se corre el riesgo de que se presente una depresión mundial, de la mano de la caída en la actividad productiva de las dos economías más grandes del planeta.

En el caso particular de China, los datos más recientes apuntan hacia un crecimiento más débil de lo estimado por las autoridades gubernamentales, al tiempo que el yuan se ha devaluado de manera agresiva. Esto último ha ocasionado que se empiece a hablar de devaluaciones competitivas en los países emergentes, con la consecuente exportación de desempleo que tiene aparejada este tipo de políticas.

Efectivamente, de acuerdo con la Oficina Nacional de Estadísticas del gobierno chino, el Producto Interno Bruto se expandió 6.8% en el cuarto trimestre del 2015 y 6.9% anual, siendo ésta la menor tasa de crecimiento en los últimos 25 años, lo que abre la posibilidad de que se presente un aterrizaje no tan suave de la segunda economía más grande.

Si se considera que China explica 35% del crecimiento de la economía del mundo, se entiende que una desaceleración más profunda del gigante asiático pueda desencadenar una recesión global, que se podría prolongar por varios años en tanto que los mecanismos de política fiscal y monetaria en el mundo se han agotado, principalmente en los países desarrollados.

Los menos pesimistas reconocen que el mercado laboral en Estados Unidos se ha venido fortaleciendo de manera muy importante, lo que se refleja en una tasa de paro que se encuentra prácticamente en niveles de pleno empleo. De hecho, el incremento de la tasas de interés de referencia por parte de la Fed es visto como el reflejo de que el proceso de recuperación de la economía se ha consolidado, lo que hizo necesario restringir paulatinamente la política monetaria.

Por lo que toca a China, se destaca que la transformación del modelo de crecimiento chino hacia uno con tasas de crecimiento de un solo digito tiene que ser visto como algo natural, toda vez que después de dos décadas de un crecimiento explosivo, se empezaban a registrar signos de sobrecalentamiento que de no atenderse, pudieran haber causado un desplome económico catastrófico.

Adicionalmente, los menos pesimistas consideran que ahora el sector financiero internacional es mucho más sano que en el 2009, lo que hoy limita el riesgo sistémico. La banca en el mundo se encuentra mucho más capitalizada y el proceso de limpia de los balances en los últimos años proporciona hoy, incluso, la posibilidad de otorgar más créditos.

En el caso de México, creo que es importante indicar que en el pasado, una caída tan drástica en el precio del petróleo y una depreciación importante del peso hubieran tenido consecuencias desastrosas sobre la demanda agregada y la evolución de los precios, situación que no se ha presentado gracias a la persistencia de un marco macroeconómico robusto que se refleja en el equilibrio de las cuentas públicas y el sector externo.

A mi parecer, los mercados han sobrerreaccionado al tema de China, mientras que el precio del petróleo aparentemente ya está en niveles de piso, de manera tal que el entorno global podría mejorar hacia el segundo trimestre del año. Sin dejar de reconocer que hay países emergentes como Brasil y Rusia que enfrentan una verdadera crisis económica, y que esto podría contaminar la visión sobre México, creo que pesará más en el mediano plazo la relación comercial con Estados Unidos y los fundamentales de la economía.

*Manuel Guzmán M. es director de Asset Management de Monex Grupo Financiero. Las opiniones expresadas son del autor y no representan necesariamente la posición de la institución.

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