Ante cualquier noticia de inestabilidad geopolítica en una región que posee l as mayores reservas de petróleo del mundo, sin importar que éstas apenas se encuentren en territorio turco o sirio, cabría atribuir la reacción del mercado a un comportamiento clásico.

No obstante, los comerciantes de petróleo que conocen tanto la geografía como la geología de la zona, tienen una buena razón para preocuparse de la posible intensificación del conflicto en la región. Las declaraciones incendiarias de Rusia y Turquía-el presidente Ruso Vladimir Putin se refirió al Gobierno de Ankara como "cómplices de terroristas", y Turquía convocó una reunión extraordinaria de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN)- tienen como protagonistas a dos países con una alta interdependencia en lo que respecta a la energía.

Turquía importa más del 90% de su petróleo y de su gas natural y, depende de las importaciones de Rusia, especialmente para éste último. Y lo que es más importante, tiene la soberanía sobre el Bósforo y el estrecho de los Dardanelos, por donde se transportan cerca de dos millones de barriles de petróleo al día provenientes de Rusia. Rusia, el mayor productor de crudo según ciertos indicadores, exporta más de siete millones de barriles diarios.

Si bien se limitó la presencia de la flota soviética a través el Tratado de Montreux, una convención que tuvo lugar en 1936 para regular el número de barcos que podía acceder a esos canales, Turquía también restringió en el pasado el acceso debido a las malas condiciones climáticas o a la congestión del tráfico marítimo. Las aguas turcas no sólo se utilizan para el transporte de petróleo; son también una de las cabezas de playa en Siria para el ejército ruso, hecho al que Turquía se opone rotundamente. Pese a que la guerra dialéctica entre ambos países no constituye una amenaza para los proveedores del sector del petróleo, no se debe subestimar la importancia de Turquía en la industria petrolera.

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