Donald Trump ha maquinado su gabinete con una parte importante de militares retirados; ha prometido mayor presupuesto al Pentágono para reforzar la seguridad de Estados Unidos y ha amenazado a México y China con imponer aranceles a su relación comercial.

Para Trump, la ruta hacia la paz se logra a través de la fuerza. Si el próximo presidente de Estados Unidos decide continuar con esa línea de pensamiento, romperá una de las estrategias diplomáticas que han seguido varios presidentes: la del poder blando (softpower).

Gente cercana a Trump revela que la política exterior es un conjunto de actividades transaccionales donde el objetivo es hablar fuerte para ganar. Los críticos de esta visión, incluidos funcionarios de Obama y diplomáticos, indican que lo que está haciendo Trump es ser bravucón y un tuitero que trata de intimidar a varias naciones. Para ellos, Estados Unidos debe de seguir promoviendo los valores democráticos y la construcción de instituciones para responder a los desafíos globales, como son el terrorismo, cambio climático, crisis económicas, entre otros.

Su lema (de Trump) es: ‘Estados Unidos, primero’. Otros dirán: ‘¿Y nosotros?’, dijo Joseph Nye, quien fue uno de los subsecretarios de Defensa del presidente Bill Clinton y uno de los promotores más brillantes del softpower.

Algunos presidentes de Estados Unidos han tratado de utilizar la estrategia del softpower para reforzar el atractivo cultural del país en el extranjero, y así generar más confianza. Barack Obama, por ejemplo, durante las negociaciones del acuerdo climático de París, el acuerdo nuclear con Irán y el TPP, contextualizó las temáticas de cada uno de ellos con la necesidad de reforzar el orden mundial a través de los derechos humanos y el estado de derecho. Por el contrario, Trump nunca ha hablado de tales ideales y ha mostrado su escepticismo sobre los acuerdos firmados por el presidente Obama.