En su cierre del primer debate en Denver la semana pasada, el presidente Obama pronunció la siguiente frase: Hace cuatro años, dije que no soy un hombre perfecto y que no sería un presidente perfecto .

Para cualquiera que haya visto la campaña de Obama para un segundo mandato este año, la frase es algo vieja y parte del aparentemente humilde reconocimiento del Presidente de que ha hecho, está haciendo y continuará cometiendo errores, pero que lo hace con la finalidad de tratar de hacer lo correcto.

Sin embargo, la ya familiar frase tomó un diferente -y más preocupante- significado para el Presidente en el debate, ya que coronó una desganada actuación que dejó incluso a sus aliados más leales preguntándose qué es lo que le pasaba.

El desempeño de Obama en el debate también planteó una pregunta más importante: ¿está sobrevalorado como candidato?

Hace cuatro años esa pregunta habría sido inimaginable. Después de todo, se trataba de un hombre que en su primera carrera para un cargo nacional no sólo venció a la familia Clinton para ganar la nominación presidencial demócrata, sino que también logró una victoria aplastante de 365 votos electorales en contra del senador por Arizona, John McCain.

Pero incluso en esa campaña hubo cierta evidencia de que Obama tenía fallas: la más notable fue que pese a lograr sólidas actuaciones en los debates en contra de McCain, estaba lejos de ser el campeón que muchos esperaban.

Al avanzar esta campaña y, específicamente en los dos últimos grandes eventos públicos de la misma, los defectos de Obama como candidato serán todavía más evidentes.

Su discurso de aceptación en la Convención Nacional Demócrata fue plano y, retóricamente, se sentía como parchado; cinco o seis discursos diferentes, todos agrupados en una única dirección. Su actuación en el debate fue sombría y defensiva, y dejó a cualquiera que lo haya visto con la abrumadora sensación de que el Presidente estuvo en cualquier parte menos compartiendo el escenario con el exgobernador de Massachusetts, Mitt Romney.

Los aliados de Obama insistieron en que el debate se trató más bien del Presidente sorprendido por un presunto Romney reinventado más que otra cosa. Quizás. Pero ese análisis no contempla dos puntos sobre Obama como candidato.

En primer lugar, es un farsante muy malo. Obama simplemente no es bueno actuando como si estuviera feliz de estar en un lugar en dónde no lo es, ni al pretender que cada persona que conoce es la persona más importante que ha conocido. En ese aspecto, Obama es el polo opuesto del último presidente demócrata, Bill Clinton. El mejor don político de Clinton fue su habilidad para hacer creer que dondequiera que estuviese, era el lugar donde quería estar.

En segundo lugar, Obama es, en el fondo, un político pragmático que se basa mucho más en el análisis y la cautela que en su instinto. Cuando Romney lo atacó repetidamente durante el debate Obama evitó profundizar con temas negativos acerca del republicano.

Esta es la realidad: Obama es el más talentoso orador de eventos masivos y recaudador de fondos que operan actualmente en la política. Pero, al igual que todos los candidatos, tiene debilidades. Y eso hace que su frase acerca de no ser un presidente perfecto sea más cierta de lo que la mayoría de gente -tal vez hasta el propio Obama- podría imaginar.