Las posibilidades de que Donald Trump se convierta en el candidato republicano a la presidencia han pasado de ser imposibles a probables; mientras que por el lado demócrata, las posibilidades de Hillary Clinton han pasado de probables a prácticamente seguras. Así que, salvo que haya una sorpresa, es probable que la contienda en otoño será: Hillary vs. The Donald.

Con Clinton no hay misterio. Los que la apoyan, así como los que se oponen a ella, no tienen problemas para explicar por qué. Trump se cuece aparte. No conozco a nadie a quien se le ocurriría votar a su favor.

Entonces, ¿quiénes son estas millones de personas que lo apoyan? Son hombres de la clase trabajadora, según nos dicen, que se sienten traicionados por el fracaso de ambos partidos para hacer frente a los estancados ingresos, las deudas crecientes, la disminución de los prospectos de sus jubilaciones y el futuro de sus hijos.

Es una teoría plausible y puede ayudar a explicar a Bernie Sanders. Pero nadie nunca ha asociado a Trump con estas cuestiones de los trabajadores. ¿Cómo es que Trump se ha convertido en esta elección en la tribuna de la gente? ¿O acaso fue el que llegó primero?

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La explicación no es tan difícil. En el primer párrafo de su novela Ravelstein, Saul Bellow escribe: Cualquier persona que quiera gobernar el país tiene que entretenerlo . Clinton ha sido llamada de muchas maneras, pero entretenida no es una de ellas. Éste no es el caso de Trump, que es un auténtico personaje americano casi sacado de Mark Twain. A todos los otros candidatos, excepto a Sanders, parece que les exprimieron el carácter cuando decidieron que querían ser presidente. Trump es un farsante, por supuesto (por no hablar de racista), pero su falsedad es auténtica.

¡Y qué personaje! Uno siempre quiere saber lo que dirá o hará después. Para estar seguros, en realidad no es el trabajo del presidente mantener entretenidos a los ciudadanos, a pesar de que votar basándose en el valor de entretenimiento no es del todo irracional, dado que el entretenimiento será el principal beneficio que muy probablemente obtendrás de este sistema político. De todos modos, no saber lo que hará después tiene sus encantos y va más allá del entretenimiento.

Durante la crisis nuclear de los 60 y 70, Richard Nixon y Henry Kissinger se aprovecharon de una doctrina de la economía conocida como la teoría de juegos, que sostiene que a veces vale la pena ser -o por lo menos que se le perciba a uno como- loco. Ninguna persona racional jamás iniciaría una guerra nuclear. Así que el único que puede conseguir que el otro lado dé marcha atrás en cualquier futura disputa nuclear es aquél que convence al mundo de que es más irracional. Vladimir Putin ha hecho un buen trabajo aquí, hay que admitirlo.

Imagínate a Putin o alguno de los candidatos enfrentándose a través de la división nuclear, cada uno amenazando con apretar el botón a menos que se cumplan sus demandas. ¿Cuál de los estadounidenses está lo suficientemente loco para hacerlo realmente?

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Cuando Barack Obama propone algo, sabes que ha sido analizado, balanceado y valorado frente a las otras alternativas; sabes que ha sido probado en un laboratorio y que se encontró una solución razonable, teniendo en cuenta las limitaciones y bajo esas circunstancias. Cuando Trump se enfrenta a un desafío similar, no sabes lo que va a decir o hacer. Y si dice que va a hacer algo loco, como hacer que los mexicanos paguen por un muro en su país, no puedes estar seguro de que no tratará de hacerlo.

Ahora está claro que el título del libro de Trump The Art of the Deal en realidad refleja una filosofía de vida: Trump cree que todo en la vida es una negociación, un acuerdo, y que al hacer tratos él utiliza las habilidades que tiene y de las que sus rivales carecen.

Es por esto que, incluso, puede haber sido sincero en su perplejidad acerca de por qué los medios de comunicación han sido tan insistentes en que revelara sus declaraciones de impuestos. El pago de impuestos, como tantas otras cosas en la vida, es una negociación -por lo menos a nivel de Trump-. ¿Y por qué le daría a su oponente un documento importante, aunque revele o no un mal comportamiento? Todo está sujeto a negociarse.

La gente (léase: los liberales) tiene miedo de lo que podría hacer Trump como presidente. Pero lo que realmente preocuparía en una presidencia de Trump es lo que sucederá en un par de años a partir de ahora, cuando las personas que han invertido sus esperanzas en él y sus trucos de magia descubran que no es el Mago de Oz, sino más bien el hombre detrás de la cortina.

OPINIÓN: Habemus Trump

Michael Kinsley es columnista para The Washington Post

mfh