Un tuit de Donald Trump tiene mayores efectos que un decreto de Barack Obama. Suele suceder durante todo proceso de transición en el que existen dos presidentes, el saliente y el entrante.

Lo que escribía el presidente entrante Barack Obama a través de su BlackBerry en el 2008 atrapaba más atención que los discursos del entonces presidente George W. Bush. Sin embargo, Donald Trump ha rebasado la frontera aterciopelada que generalmente separa a los dos presidentes; no sólo ha eclipsado mediáticamente a Obama, lo ha puesto en aprietos.

Obama declinó la invitación que le hiciera el entonces presidente George W. Bush a la cumbre del G-20 que se celebró entre el 15 y 20 de noviembre del 2008 en Washington. Ambos se lanzaron guiños. Bush, al invitarlo y Obama enviando al ex republicano Jim Leach y a la ex secretaria de Estado Madeleine Albright en su representación para no robarle cámaras.

Los tuits de Trump no sólo comprueban la eficiencia de la diplomacia pública, también revelan la excesiva rivalidad que sostiene con Obama. No fue casualidad que Obama comentara al periodista David Axelrod que Trump habría perdido bajo el escenario electoral en donde ambos hubieran competido por la Presidencia. Las palabras de Obama han de haber caído como una losa pesada sobre la humanidad de Hillary Clinton, la que verdaderamente enfrentó a Trump, sin embargo, el actual presidente no se aguantó las ganas de presumir a Trump aires de popularidad.

El talento de Trump durante su experiencia electoral ha consistido en expresar sus emociones como ciudadano de a pie: el peatón que cubre el lente de su iPad por temor a ser espiado después de conocer las tácticas de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) gracias a Edward Snowden; el ciudadano que descalifica toda promesa política; el tipo que tiende a estigmatizar a los otros como su enemigo.

Trump se levanta de madrugada para tuitear con la misma emoción de un Millennial haciendo cola para comprar un smartphone.

El gran examen de Trump está por llegar. Bajo un pase mágico kafkiano tendrá que convertirse en presidente; no podrá emocionarse como peatón porque sus reacciones generarían caos. El patrón de sus decisiones racionales casi todo mundo lo desconocemos.

Trump puso en aprietos a Obama el día en que pidió a Rusia su auxilio para hackear a Hillary Clinton; lo mismo cuando hizo pública su conversación con la presidenta de Taiwán, Tsai Ing-wen, preguntándose por la razón de seguir la política diplomática histórica de una sola China .

La política lineal es la que tradicionalmente usan dos presidentes simultáneos, el entrante con el saliente. El problema inicia con las triangulaciones. La relación entre Trump y el presidente ruso Vladimir Putin es lo que más molesta a Obama. La conexión Trump-Tsai Ing-wen no sólo desespera a Obama, es una provocación al chino Xi Jinping.

Gracias a Trump, el presidente ruso pudo mover sus fichas para colocar en jaque a Obama. Sucedió el día en que Putin declaró que no expulsaría a diplomáticos estadounidenses como respuesta de la nueva sanción del presidente de Estados Unidos por motivos supuestamente de espionaje. Esa reacción le ha de haber dolido a Obama.

De lo anterior surge una pregunta: ¿quién es el presidente? ¿El que tiene poder disminuido o el que no lo tiene, pero lo tendrá en su máxima potencia en tan sólo 17 días?

La escritora Patricia Highsmith creó a uno de los personajes más atractivos de la literatura, Mr. Ripley; un criminal con el que todo lector de la saga es cómplice por su derroche de empatía y audacia. Trump es el nuevo Mr. Ripley. No lo digo por el perfil de asesino que tuvo el protagonista literario, sino por la empatía que genera en un importante segmento de la población estadounidense.