En una ceremonia solemne, el ya expresidente Raúl Castro cedió el poder al ingeniero de 57 años.

Delante de los 600 diputados a la Asamblea Nacional, el Parlamento unicameral que lo eligió y oficializó, Díaz-Canel recibió el reconocimiento de Castro, quien mantendrá una gran influencia en las decisiones al continuar como secretario del Partido Comunista Cubano (PCC), el máximo órgano de decisión en la isla.

“Díaz-Canel no es un improvisado. A lo largo de los años ha demostrado madurez, capacidad de trabajo, solidez ideológica, sensibilidad política, compromiso y fidelidad a la revolución”, manifestó Castro al cerrar la ceremonia.

Castro fue incluso más allá e informó que las expectativas son que el flamante mandatario cumpla ese cargo por dos periodos continuos y eventualmente sucederlo también a él, al frente del poderoso PCC hacia 2021, cuando se retire de ese puesto.

“Su promoción gradual a cargos superiores se aseguró con intencionalidad y previsión, no cometimos el error de acelerarla como en otros casos”, añadió el hombre que estuvo en la Presidencia por 12 años.

Castro ofreció un discurso de despedida que inusualmente consumió más de una hora y media, y en el cual bromeó con los diputados e improvisó de a ratos, algo raro en su estilo de oratoria.

Pero también Castro dejó en claro que su plan era permanecer como secretario partidario hasta el 2021, cumpliendo el mandato acordado durante el congreso del PCC del 2016.

“A partir de entonces si la salud me lo permite, seré un soldado más del pueblo defendiendo esta revolución”, señaló Castro.

Por su parte, Díz-Canel tomó la estafeta prometiendo continuidad. “El mandato dado por el pueblo a esta legislatura es dar continuidad a la revolución cubana en un momento histórico crucial”, afirmó el canoso Díaz-Canel en su primer discurso como presidente. “Esta legislatura defenderá la revolución y continuará el perfeccionamiento del socialismo”.

“La política exterior cubana se mantendrá inalterable (...) porque Cuba no hace concesiones contra su soberanía”, dijo Díaz-Canel, asegurando que el país está abierto a dialogar con cualquiera que lo trate de igual a igual.

“La casa donde vive su mamá da hasta pena”

Era un funcionario joven, delgado y de pelo largo que andaba en bicicleta saludando a los vecinos y por su personal estilo de dirigir su provincia tenía la popularidad de una estrella de rock local.

Pasó una década desde entonces y Miguel Díaz-Canel parece otra persona: canoso, serio y de muy pocas palabras.

En un país en el que no existe la figura de la primera dama y los dirigentes —quienes suelen moverse en medio de importantes operativos de seguridad— ocultan con celo su vida privada, Díaz-Canel llegó casi sin custodia en marzo hasta un centro de votación en Santa Clara, a unos 300 kilómetros al este de la capital.

El funcionario caminó a lo largo de una cuadra, de la mano de su esposa, mientras saludaba a las personas que se le acercaban.

“Aquí estamos construyendo una relación de gobierno y pueblo”, dijo durante la inusual aparición pública ante las cámaras para votar por el parlamento.

Apenas saltó a la mirada internacional el año pasado cuando fue protagonista de un video filtrado en el cual abogaba por cerrar medios de prensa independientes y etiquetaba a embajadas europeas como una avanzada de la subversión contra la revolución.

“En el parque paseaba con su novia. Ellos estaban en la escuela. Tendría unos 15 años”, lo recordó Hilda Alegre, una peluquera que lo rememora como el muchachito flaco con el que salían en parejas a pasear en los años 70.

“La casa donde vive la mamá da hasta pena, hasta se le cayó el repello. Él no arregló la casa para vivir más cómodo”, comentó Fermín Roberto Tagle Suárez, de 78 años.

Frente a él, un reto.

La señal de cambio no es real: Arcos

Sebastián Arcos, subdirector del Instituto de Investigación sobre Cuba de la Universidad Internacional de Florida, da una entrevista al Diario Financiero, aliado de El Economista.

—¿Tiene alguna relevancia histórica que no haya un Castro en la Presidencia?

Ninguna. No estamos hablando de una Cuba sin Castro ni un relevo generacional. Simplemente, es una jugada publicitaria hacia afuera, para dar una señal de cambio que no es real.

—¿Por qué decide Cuba enviar esta señal ahora?

Lo que estamos viendo es un acomodo a la situación política internacional, sin la Unión Soviética y sin Venezuela, que está colapsando. El gobierno cubano se está quedando sin fuentes de sustento.

—¿Podrá implementar reformas el nuevo presidente, Miguel Díaz-Canel?

Díaz-Canel depende políticamente de Raúl Castro. No tiene poder para hacer nada contra esa opinión: hará lo que él le permita, o le ordene.

—¿Qué futuro ve para la isla?

Tienen dos opciones, que son las que casi siempre han tenido: una es la apertura, reinserción en la economía internacional, que requiere reformas profundas de orden al menos económico, como hizo China. El otro camino es seguir en lo mismo y que se hunda aún más la economía cubana. La destrucción de la infraestructura, el atraso tecnológico, la decadencia social que acompaña a todo esto.