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Finanzas Personales

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El riesgo de no tomar riesgo en las inversiones

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OpiniónEl Economista

Existen experiencias que transforman la perspectiva sobre el manejo del dinero. Si un inversionista ha presenciado una caída significativa en su portafolio, entiende perfectamente de qué se habla. No es solo un concepto teórico ni una gráfica; es la sensación de cuestionarse: “¿Por qué se tomó esta decisión de inversión?”. Y aunque el mercado se recupere después, algo dentro de la persona cambia.

Algunos inversionistas, tras experimentar una minusvalía, optan por una reacción muy humana: evitar a toda costa volver a pasar por eso. Prefieren obtener ganancias modestas, pero seguras. Hubo un tiempo en el que esta decisión resultó ser acertada. Las tasas de interés en México alcanzaron niveles no vistos en años. Instrumentos como los CETES ofrecían tasas de interés favorables. Era posible conseguir rendimientos atractivos prácticamente sin volatilidad, lo que hacía lógico mantenerse en esos activos. No obstante, los ciclos financieros siempre cambian.

Hoy, las tasas son menores. El entorno económico se está normalizando. Esto implica que los instrumentos más conservadores comienzan a ofrecer menores rendimientos. Se regresa a la regla clásica de las finanzas: a mayor riesgo, se esperaría un mayor rendimiento.

Aquí es donde surge la situación incómoda: no tomar riesgos también conlleva un riesgo. No se percibe como tal, no genera un dolor inmediato, pero el capital comienza a crecer a un ritmo más lento. A veces, apenas logra compensar el efecto de la inflación. Y año tras año, esta diferencia silenciosa se acumula.

El patrimonio no se protege únicamente evitando caídas, se construye permitiendo su crecimiento. No se sugiere destinar todo a la renta variable o a activos de alto riesgo, se trata de una estrategia mucho más razonable: incorporar deuda de mediano y largo plazo, un porcentaje de renta variable, y quizás otros activos que brinden complementariedad. Todo esto, siempre dentro de un portafolio equilibrado y con el acompañamiento de un asesor.

Se puede establecer una comparación simple. Cuando una persona acude al médico y éste le prescribe un tratamiento, por lo general no se cuestiona cada decisión. En ocasiones, el medicamento puede causar malestar antes de que se produzca la mejoría, pero existe confianza en que el especialista tiene el conocimiento necesario y sus recomendaciones buscan el beneficio del paciente.

En el ámbito de las inversiones, la situación debería ser similar. Sin embargo, en la práctica sucede lo contrario. Se contrata a un asesor, pero en el momento en que el mercado experimenta movimientos o la estrategia implica cierta volatilidad, comienzan las dudas, se frena el plan y el miedo se impone sobre la estrategia definida. Un asesor busca el equilibrio, asegurando que el cliente tenga liquidez suficiente para mantener la tranquilidad, pero también exposición a activos que, a largo plazo, pueden ofrecer mejores resultados.

En ocasiones, el mayor costo no proviene de la volatilidad, sino de esperar demasiado tiempo el “momento perfecto”. Hoy, el entorno vuelve a favorecer el riesgo tomado de manera inteligente. La deuda con plazos más largos presenta oportunidades atractivas. La renta variable, por su parte, vuelve a ser un vehículo para capturar crecimiento. Existen diversas alternativas que, combinadas adecuadamente, pueden impulsar el avance real del portafolio.

Ser conservador es una cualidad valiosa. Pero cuando el miedo provoca una inmovilidad total, el costo a largo plazo resulta ser significativo. Porque en el mundo de las inversiones, la inacción también se considera una decisión y en algunas circunstancias, el riesgo más grande es no tomar ninguno.

*Estrategia de Inversión / Manager Investment Counselling, BBVA Banca Patrimonial y Privada

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