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Crecimiento económico y polarización

Raúl Martínez Solares | Economía conductual
“La idea es que, en cualquier situación, las personas tienen una noción de quiénes son y cómo deben comportarse. Y si no te comportas de acuerdo con tu identidad, pagas las consecuencias”. George Akerlof, Premio Nobel de Economía.
Hoy, en muchos círculos académicos, pero también políticos, se discute por qué, a nivel mundial, enfrentamos un proceso de polarización política que, con mucha frecuencia, contraviene la visión que tenemos de lo que debería ser deseable en términos económicos. Encontramos, a nivel mundial, un apoyo frecuente por parte de importantes sectores de la población a movimientos polarizantes que, con frecuencia, presentan propuestas económicas que no son esencialmente en el mejor interés de las personas que los apoyan.
Esta discusión se expresa con mucha precisión en el artículo de Betsey Stevenson, publicado en el Journal of Economic Literature, que constituye una revisión crítica de tres libros sobre polarización, populismo y autoritarismo en Estados Unidos: Democracy Awakening, de Heather Cox Richardson; White Rural Rage, de Thomas Schaller y Paul Waldman; y Why We’re Polarized, de Ezra Klein.
El objetivo del ensayo es entender por qué segmentos de la población, a menudo de gran magnitud, en democracias incluso avanzadas y aparentemente consolidadas, apoyan proyectos políticos que, en apariencia, van en contra de sus intereses económicos e incluso pueden erosionar las propias instituciones democráticas.
La conclusión central del artículo (relevante para nuestro país) es que cuando las instituciones dejan de generar seguridad económica compartida, confianza y sentido de pertenencia, aumentan los incentivos para respaldar proyectos políticos que debilitan los contrapesos democráticos.
A partir de las obras analizadas, la autora encuentra que, aun con enfoques diferentes, los libros coinciden en una idea fundamental: los ciudadanos no votan exclusivamente con el bolsillo. La identidad, la percepción de reconocimiento social, la pertenencia a un grupo y la confianza en las instituciones influyen tanto o más que las variables económicas tradicionales.
Desde la perspectiva de la economía conductual, esta conclusión no es casualidad. Las personas no toman decisiones políticas únicamente “maximizando” sus ingresos futuros, ni tampoco lo hacen cuando toman decisiones económicas o financieras. Buscan también otros factores que les resultan relevantes, como la dignidad, el estatus, el reconocimiento y la coherencia con la identidad de los grupos a los que pertenecen.
El Premio Nobel de Economía George Akerlof, junto con Rachel Kranton, desarrolló el concepto de “economía de la identidad”, demostrando que las personas a menudo actúan para proteger quiénes creen ser, incluso cuando ello implica costos económicos directos.
El ensayo también incorpora investigaciones de otros autores sobre la cultura, la confianza y las instituciones. La evidencia acumulada en las últimas décadas muestra que el crecimiento económico sostenible depende tanto del capital físico y humano como del capital social. Cuando disminuye la confianza entre ciudadanos y se deteriora la credibilidad de las instituciones, incluso las mejores políticas económicas pierden efectividad.
Un aspecto muy relevante de este análisis es el concepto de dignidad económica. Citando trabajos de Jacob Hacker y Paul Pierson, el artículo muestra cómo la transición hacia una economía basada en el conocimiento ha generado importantes brechas territoriales. Mientras algunas regiones se integran con éxito a sectores intensivos en tecnología y servicios avanzados, otras perciben que se están quedando rezagadas. La consecuencia de ello no es solamente económica sino también psicológica y política. Las personas comienzan a sentir que el sistema ya no les funciona. La pérdida de oportunidades se transforma gradualmente en pérdida de confianza. Y la pérdida de confianza suele convertirse en terreno fértil para discursos polarizantes.
Quizá la principal enseñanza para los responsables de la política pública es que no basta con aumentar el crecimiento económico (el tamaño del pastel), sino que importa mucho cómo se distribuyen los beneficios del crecimiento y, sobre todo, si la población percibe que las reglas son justas.
La evidencia sugiere que la desigualdad percibida por la población suele ser tan importante como la desigualdad real. La economía conductual ha documentado que los individuos evalúan su bienestar comparándose constantemente con otros grupos. Cuando perciben exclusión, reaccionan más intensamente ante las pérdidas relativas que ante las ganancias absolutas.
Por ello, la recomendación principal es fortalecer simultáneamente tres dimensiones: el crecimiento económico, la confianza institucional y la cohesión social.
En términos prácticos, esto implica diseñar políticas que no sólo generen inversión y empleo, sino que también fortalezcan la movilidad social, mejoren la calidad educativa, reduzcan las brechas regionales y aumenten la credibilidad de las instituciones públicas.

