Uno de los aspectos fundamentales de nuestro plan financiero es la inversión adecuada de nuestros recursos.

Esto significa que mientras más pronto aprendamos a invertir y lo hagamos, mejor será nuestra situación en el largo plazo, por las siguientes razones:

1- Obtenemos el beneficio del interés compuesto: nuestro dinero se multiplica a un ritmo más rápido, mientras permanece más tiempo invertido.

Esto significa que mientras más jóvenes comencemos, menos dinero necesitamos ahorrar para llegar al mismo destino.

2- Obtenemos disciplina: aspecto fundamental para el éxito de cualquier plan financiero y de inversión.

3- Obtenemos experiencia y conocimientos que nos permiten hacernos más inteligentes: mientras más pronto nos acostumbremos y nos familiaricemos con los instrumentos de inversión, más fácil será identificar los más adecuados a nuestras necesidades y a nuestro propio apetito de riesgo.

El primer paso

Desde luego, el primer paso para comenzar a invertir de manera exitosa es hacer del ahorro un hábito, una disciplina. Esto lo podemos hacer si separamos cada quincena o cada mes una cantidad fija de nuestro ingreso, antes de gastarlo, como si fuera la renta o el pago de la luz.

Posteriormente debemos decidir cómo invertir lo que estamos ahorrando. Y la forma como tomaremos esta decisión, es mediante el análisis cuidadoso de nuestras necesidades y de nuestros objetivos de vida.

Una vez que nos hemos formado el hábito de ahorrar, debemos poner a trabajar esos recursos de tal forma, que nos permitan obtener lo que realmente soñamos.

En este punto, es muy importante hacer un alto en el camino y reflexionar, profundamente, cómo visualizamos nuestro futuro.

Siempre debemos empezar desde lo más lejano hasta lo más cercano: es decir primero debemos ver cómo queremos vivir al momento de nuestro retiro. ¿Por qué? Porque suelen ser las metas más importantes, y si no las tomamos primero en cuenta, solemos olvidarlas ante nuestras necesidades – o deseos – de corto plazo. Y cuando nos damos cuenta, suelen estar demasiado cerca y entonces, suele ser demasiado tarde.

¿Crecimiento o ingreso? Entonces, una vez que hemos hecho esa introspección, debemos preguntarnos ¿para qué queremos ese dinero que estamos ahorrando? La respuesta (o respuestas, en caso de que tengamos más de una meta) suele ayudarnos a determinar si queremos poner nuestros ahorros en productos de inversión que nos generen un ingreso o bien, que se enfoquen en el crecimiento del valor de nuestra inversión hacia el largo plazo.

Por ejemplo, si nuestra meta es el retiro y tenemos hoy 20 años, lo lógico es invertir nuestros recursos en productos que generen un crecimiento de nuestro ahorro en el largo plazo, ya que no necesitaremos hasta dentro de mucho tiempo. Por el contrario, si ya nos hemos retirado, necesitaremos hacer retiros de los intereses generados por nuestra inversión, tratando de mantener intacto, hasta donde sea posible, el valor real de nuestro capital.

Horizonte y riesgo

Cualquier instrumento de inversión conlleva cierto riesgo. Incluso los instrumentos que pensamos que son seguros (como algunos pagarés bancarios que pagan tasas por debajo de la inflación, por lo tanto generan el riesgo de que el poder adquisitivo se reduzca sustancialmente).

En materia de inversión, el riesgo se define como el cambio o la fluctuación en el valor de nuestra inversión a lo largo del tiempo. Por eso, el horizonte de nuestra inversión juega un papel preponderante.

En el largo plazo, tendremos una mejor tolerancia al riesgo ya que podemos aceptar una cierta volatilidad en el corto plazo, a cambio de un crecimiento mucho más importante de nuestro dinero en el periodo completo.

En este sentido, si durante todo este tiempo el valor de nuestro portafolio se reduce, tendremos mucho tiempo para recuperar esas minusvalías e incluso de generar ganancias interesantes.

Por el contrario, en el corto plazo, nuestra tolerancia a que el valor de nuestra inversión fluctúe es menor, ya que necesitaremos disponer de nuestros recursos en un plazo relativamente corto y no habrá el tiempo suficiente para recuperarnos si ocurre un evento económico inesperado que afecte el valor de nuestra inversión.

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