Hace cuatro años Oribe Peralta tuvo una cita con su esposa Mónica. A ella la conoció cuando él apenas robaba algunos minutos en la cancha y muchas veces salía abucheado.

Una noche le preparó una cena por su cumpleaños y la mesa estaba llena de pétalos de rosa, velas encendidas y dos copas de vino.

“Sólo tú y yo. Siempre a tu lado”.

Oribe Peralta es un hombre romántico, leal. El futbol es sólo una excusa para explicar al delantero más influyente de los últimos años en México. Para conocerle, hay que tirar de los recuerdos y saber que después del Mundial de Rusia, la Selección perderá más que la oportunidad de gol. Oribe, un ser humano comprometido con la vida, estará preparado para hacer las maletas.

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La Federación Mexicana estará (esperemos que lo esté) agradecida con Oribe. Hace seis años le dio a México la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Londres y hace cuatro le rescató un negocio valuado en 259 millones de dólares, luego de ser el hombre más importante en el vergonzoso repechaje para ir a Brasil ante Nueva Zelanda. Es verdad, Oribe ya no es el mismo, perdió gol, olfato, dejó de ser un killer temible.

“Afuera es famoso, es importante, pero en casa sólo es esposo y padre de familia”, dijo Mónica Quintana, la esposa del futbolista, el bastión de Oribe todos estos años y quien es la conciencia del jugador.

Su ascenso como jugador no fue sencillo. Siempre fue un recambio y la segunda opción, hasta que después de siete años como profesional regresó a casa tras su paso por Morelia, León, Monterrey, Santos, Chiapas y una vez más en Torreón fue donde empezó a tener la confianza y a enamorar con sus goles. La historia más reciente ya la conoce: éxito.

Su filosofía de vida la resume así: “El único que se tiene que probar que puedes hacer las cosas eres tú”, dice.

Peralta vivió sus primeros años como profesional recibiendo pruebas en clubes como Morelia o Chivas. Sus papás hacían el esfuerzo para mandarle 300 o 400 pesos a la semana para comprarse lo que pudiera con ese dinero y lo primero que hizo tras firmar su primer contrato como profesional —de 10,000 pesos— fue enviar todo el salario a casa porque su hermano se había fracturado la nariz y lo debían operar.

Su esposa define en Instagram a la familia Peralta: “Nada es imposible cuando tienes amor, fe y paciencia”.

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Pepsi fue la marca que lo detonó como marca y le cambió la vida. Decidió atraerlo y en el 2013 lanzaron una campaña. La intención era clara: cambiar el apodo del Horrible Peralta al Hermoso Peralta. Fue la primera vez que un sponsor rendiría una especie de homenaje a su trayectoria y una manera de hacer sarcasmo a su apariencia física.

“Los feos también tienen su área de oportunidad y Oribe se lo ganó en la cancha”, reflexionó el especialista en imagen Eric Olavarrieta hace unos años cuando se le cuestionó sobre su impacto comercial.

La campaña fue un éxito. Tuvo más de 3 millones de visitas en Youtube a las pocas semanas de su lanzamiento y el futbolista vistió la playera de su club con el nombre de Hermoso en su espalda. Así, algunos millones le empezaron a llegar.

“El futbol una de las plataformas principales para ligar la marca a momentos de diversión y entretenimiento”, expresó en aquel momento Nicolás López Martí, director de Marketing de Pepsi México cuando presentó la campaña. Peralta fue parte de la iniciativa global de la empresa y apareció en un video que circula en más de 100 países donde comparte crédito con estrellas como Lionel Messi.

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Oribe camina rumbo a un refrigerador dentro de una tienda de conveniencia mientras una mujer lo observa y empieza a suspirar por él.

Hermoso, le dice ella; Peralta contesta: “Hermoso, el mega litro” y muestra el envase de Pepsi.

Oribe se convirtió en un marca e ícono comercial. ¿Se acuerdan de sus pelos parados como púas y su sonrisa que mostraba sus brackets cada que marcaba un gol?

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En diciembre pasado, también el día del cumpleaños de su esposa, Oribe aparece en una foto con ella, están tomados del brazo y escribe: “Recuerda que estaré para ti cuando lo necesites”.

La Selección Mexicana también lo tuvo cuando lo necesitó. Sólo nos regalará el Mundial de Rusia y ya está. Se va del Tri.

ivan.perez@eleconomista.mx