Jorge cuenta los pasos que tiene que recorrer de su habitación a la sala de espera del Centro Paralímpico Mexicano. Memoriza el recorrido y sabe que llegó al lugar donde quedó reunirse con sus compañeros porque el sol de la tarde pega en las ventanas y le transmite calor.

—¡Venga, muchachos, vamos a la cancha para el juego!

Es la voz de Raúl, el entrenador de la Selección Mexicana de invidentes, y quien guía a los jugadores a la cancha que se encuentra a unos 200 metros por un camino en el que hay que rodear el dormitorio, cruzar por un pasillo de poco más de un metro de ancho.

Tomados del hombro de su compañero de adelante, con ritmo pausado y sin hacer comentario alguno, se dirige la cadena de hombres. En un ambiente extraño, se ponen en estado de alerta al dar pasos por un nuevo camino, pero cuando entran a la cancha, conocen cada centímetro de ella con sólo escuchar el cascabeleo del balón.

—¡Voy, voy, voy! es la palabra que sirve para identificar la posición de sus compañeros y rivales. Lo único que les corta el paso son las bardas laterales y la voz de los guías que se ponen detrás de las porterías.

“Estar en la cancha te da una sensación de libertad, de tener que estar 100% concentrado”, dice Jorge Lanzagorta, integrante de la Selección.

Investigadores de la Universidad de California explican que el cerebro de las personas invidentes se transforma anatómicamente, crecen los ventrículos que controlan la ubicación y el oído. En palabras de Juan Alejandro Cruz, especialista en educación especial, existe la percepción kinestésica, aprender a través del tacto, de escuchar, de la piel, de las sensaciones.

El resultado de los cambios fisiológicos los experimenta Jorge en la cancha de futbol. No depende de un bastón o de un perro guía, “puedo correr, driblar (…)  te ayuda a desconectarte del entorno, trabajas mucho el tema auditivo y te exige mucha concentración”.

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“Tenía mucho de no ir al estadio, la última vez tenía ocho años de edad; después de eso, no sabía cómo era un partido, sólo me quedó en la mente el estadio, la afición”, recuerda Erickson Araya, defensa de la Selección de Costa Rica de invidentes.

“Me imagino a Iniesta muy bajito, pero hábil con el balón, pelo negro, ojos cafés, pero sobre todo con un buen dominio del balón”, dice Erickson, quien perdió la vista a los 10 años debido a la retinosis pigmentaria.

Antes de emprender su misión de jugar futbol, Erickson es fanático del Monstruo Morado, como se le conoce a Saprissa, y de Barcelona, equipo que sigue por su estilo de juego. “Tocan muy bien el balón, salen jugando desde atrás y siento que sin Iniesta van a sufrir mucho”.

Se mantiene informado escuchando los partidos por televisión, también sintoniza el canal 42 de Costa Rica, donde dan una hora de noticias deportivas, de 8 a 9 de la noche.

Daniel Ruiz, delantero de la Selección Mexicana, también es declarado aficionado de Barcelona porque le gusta su estilo de juego. A Dani le salen de forma espontánea las palabras ‘ver’, ‘vi’, ‘mirar’ para recordar partidos que marcaron su afición por Barcelona. Uno de esos encuentros fue la final de la Champions League del 2006 ante Arsenal. “De 100 partidos que juegan al año, me aviento como 90”.

Chicharito Hernández y Cristiano Ronaldo son los dos jugadores que más admira Daniel Ruiz. Con el futbolista mexicano se identifica porque no se pone límites y siempre mantiene una actitud de enfrentar los retos. “Trabaja y se dedica a lo suyo, termina callando bocas. No cualquiera es máximo goleador de la selección”, dice.

Con el portugués la afinidad proviene de la disciplina, el trabajo y la dedicación. Daniel es cuidadoso con lo que come, cuida su peso y se levanta temprano todas las mañanas para ir al gimnasio. “Yo no me considero una persona muy técnica, me considero una persona de trabajo. He seguido la carrera de Cristiano y no es una persona muy técnica, tiene cualidades, pero en comparación con Messi, él tiene mucho trabajo. Gran parte de mi éxito lo relaciono con eso, me gusta mantenerme en forma, estar a dieta”.

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Jugar al futbol ayudó a Erickson a ubicar las calles que tenía que pasar para llegar a casa. Daniel supo que podía ser independiente cuando dejó de usar el mouse en la computadora y tomó el teclado, ahora también tiene un smartphone. Con Jorge, en el proceso de cinco años en el que perdió la vista, el futbol le ayudó a integrarse a una nueva comunidad, convivir y comunicarse mejor, saber escuchar, “ayudarme a salir”.

El futbol es un deporte que desarrolla en ellos lateralidad, sentido de ubicación, motricidad y planeación del pensamiento, “estás pensando y estás actuando, es psicomotricidad lo que va a promover el desarrollo del cuerpo y el cerebro”, indica el maestro Juan Alejandro Cruz.

Las personas invidentes se enfrentan a los retos de ciudades que no tienen suficiente señalización, así como una cultura de sobreprotección y lástima.

“Al jugar al futbol hay desarrollo de la autoestima, da lugar a la socialización y hay un sentido de pertenencia e identidad, sentirse parte de algo que motiva, es un círculo que vuelve a elevar su autoestima”, explica el pedagogo.

Jorge, Daniel y Erickson participarán en el primer Mundial de futbol de invidentes al que asisten sus selecciones, México y Costa Rica. Después de un juego de preparación en el Centro Paralímpico Mexicano, todos regresan de la misma forma que llegaron a la cancha. La cadena humana, tomando el hombro del compañero de adelante para regresar al dormitorio, hasta el siguiente día para regresar al único sitio del que conocen cada centímetro, la cancha.

eduardo.hernandez@eleconomista.mx