Las manos en la cintura y la mirada en el pasto. El balón dentro de la portería y los gestos de frustración. Las manos juntas para rezar una plegaria y el sprint para perseguir un balón imposible, que se va de largo. Y, finamente, el rostro serio, de funeral, para recoger el premio más importante de su carrera. Por los pies y manos de Mario Mandzukic, Ivan Perisic, Danijel Subasic y de Luka Modric pasó la derrota de la Selección croata en la final de la Copa del mundo.

Importa, pero no tanto.

Porque para que Croacia llegara a la final de la Copa del Mundo, su primera final, los cuatro fungieron un papel estelar.

Modric llegó con exceso de partidos en los pies: 43 con el Real Madrid y seis —los tres últimos con sus respectivos tiempos extras— con la Selección.

También llegó con problemas legales. Sabía que cuando se pitara el final del partido, campeón del mundo o no, tendría que regresar a Croacia para enfrentar un juicio por falsedad de declaraciones en el caso de Zdravko Mamic, el capo del futbol croata que está prófugo de la justicia por falsificación y quien tiene nexos con Kolinda Grabar-Kitarovic, la presidenta ultraconservadora croata que abrazó al mismo Modric en la ceremonia de premiación.

Sus dos goles, una asistencia y el resto de su actuación hasta las semifinales le alcanzaron al mediocampista para ganar el Balón de Oro, el premio que lo acredita como el mejor jugador del Mundial de Rusia y el diploma más importante en su carrera. Pero no para descifrar al mediocampo francés, que lidiaba con sus embates y que lo superaba con contragolpes. A Modric no le alcanzó para darle el Mundial a Croacia.

Ni a Subasic.

El arquero fue la figura en octavos de final cuando le atajó tres penales a Dinamarca, con lo que le permitió a su Selección avanzar a cuartos de final ante Rusia, rival contra el que también brilló. Lo hizo desde el manchón penal, detuvo dos disparos que catapultaron a su selectivo a las semifinales y eventualmente hasta la final.

Pero ante Francia no sobresalió, se apagó. En los goles de Paul Pogba y Kylian Mbappé —que significaron el 3-1 y 4-1— no reaccionó a tiempo. Los disparos parecían atajables, pero lo estorbaron y su única reacción fue desplomarse hacia atrás, vencido, lo que significaba la derrota de su valiente Selección.

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Ivan Perisic y Mario Mandzukic fueron los héroes ante Inglaterra. Un remate poco ortodoxo de pierna derecha del primero y un remate de zurda del segundo fueron suficientes para llevar a su Selección a una estancia nunca antes vista y superar lo que hicieron Robert Prosinecki y Davor Suker en el Mundial del 98: llegar a la final del Mundial.

Pero en Moscú fueron héroes caídos, villanos.

Mandzukic desvió el balón en el primer gol de Francia e Ivan Perisic, luego de marcar el empate a un tanto, cometió una mano en el área que produjo un penal que Antoine Griezmann convirtió en 2-1 para los franceses antes del medio tiempo.

Ambos fueron golpes letales.

El primero porque el tanto coincidió con cuando los croatas desplegaban su mejor funcionamiento colectivo y, el segundo, porque lo anotaron sólo 10 minutos más tarde del empate de Perisic. Marcaron el destino de su final, el de la derrota.

Mandzukic reconoció que su infancia la marcaron Suker y el resto de la generación del 98.

Mientras que Perisic dijo lo propio en varias entrevistas. Ellos han hecho lo mismo con los niños que lo han visto por televisión o en el estadio Olímpico de Luzhniki en Moscú.

Edson Ramírez y Alfredo Sánchez —los mexicanos que vivieron en Croacia para realizar el documental Vatreni, que narra el éxito de la Selección del 98— lo explicaron hace unos días a El Economista: “Ahí todos los niños quieren ser Modric”.

Y es que Modric, Mandzukic, Perisic y Subasic fueron héroes, villanos y ahora leyendas del futbol croata.

La derrota ante Francia parece ser lo de menos.

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